lunes, julio 10, 2006

SOBRE MI PERCEPCIÓN DE LA CLAUSURA DEL XVI FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA DE MEDELLÍN

JULIO 2 DE 2006

La poesía y la diversidad empiezan a habitarme. Las palabras pasan a través de mí, invadiendo poco a poco cada uno de mis espacios. Mis aposentos se extienden, aparecen, gestan algo que no sé cómo ni qué será. Mi sangre va tomando mayores velocidades con algún adobo que hace que la euforia reine en mí. En cada rostro creo ver reflejada su propia sensibilidad, como pinturas y collages de mil matices y texturas.

Hay en el aire un sabor a eco, a reminiscencia, a estupor, a nostalgia, a dolor simulado, a caricia expresa, a displicencia con el tiempo. Los contornos de mi oído toman de ese aire lo que más se me antoja como anímico alimento, lo trasladan a su fosa y con él, calman mi ser anual de poetas y su voz, de sus distintos acentos y suspensos. La fortuna se me aparece cerca de las manos, cerca de mi alma, cerca del consuelo de estar y de disfrutar este canto que miles hacemos con los versos. Cada que un poeta, dama o señor, fulana o caballero, madame o común, sacan de su mochila lo mejor que quieren entregarnos para así llegarnos y estampar en nuestro rostro... su propio sello. No tengo más contrapartida que las que todos nosotros los espectadores queremos y podemos regalar: su majestad el aplauso, algunos insonoros y otros retumbantes. Ese golpe de las manos que marca el ritmo de la emoción en sus distintos tonos y contextos.

Y ellos, algunos con su sinceridad o su timidez, con su expresividad y su propia dicción, van contagiándonos de ese mismo virus poemario que a tantos nos enferma. Sobresale en cada uno sus esfuerzos por devolver cono gracias nuestros millones de aplausos, haciendo esfuerzos tesoneros por decirlo en su más propio acento Cervantino. No importa si se es de New Zeland o de Ganha, de Cuba o de Nicaragua, de USA o de Britania, amigo de la poesía de Neruda o de la de Lorca, si le cantan al amor o al asesino, si protestan o no por lo que pasa, si le cantan a su amor o al más terrible bombardeo sobre su patria, en fin, todos ellos nos depositan esas pasiones que vienen “a inundarnos el alma”. Las razas y los credos quedan atrás y hay un fundirse de toda laya, entre ellos y nosotros, aquellos que tenemos esta fortuna y para los que no vinieron... su desgracia.

A medida que todos van pasando se siente la electricidad estática de versos y de acentos, de rimas y de trovas, de espantos y de nervios, de risas y de cuentos, rodear las tribunas, caminar por la piel y por las almas, y desatar temporales allá donde nadie nos ve y donde en todos está la identificación con algún verso. Todo se va difuminando a medida que esos casi setenta van desfilando en sus idiomas y traductores, de voces con sus rimas que nos hacen entender que será eso que ellos nos están diciendo. Nada escapa al oído y al sentimiento, como esa árabe canora que se entrega desde un no sé qué que pasa de ella hasta el público que la anima con su juego de coquetería en su hermoso cuerpo. Nada se evade a la galantería de ese español viejo. Nada calma la estampida de aplausos cuando la Grande con su timidez nos deja sin aliento, o cuando con su mano y su ala de águila, ese canadiense original lleno de portento, nos entrega su más hermoso poema a Colombia lleno de su sed de néctar y de tomar para sí y su pueblo, nuestros ríos con su canto, nuestra montañas y su encanto. Todo es amor por las palabras y su juego, todo tiene matices de amor a los cuatro vientos, todo es en algún instante un espectáculo sin colores, sin matices y hasta sin tiempo.

Luego viene el final, las miles de manos dicen hasta pronto a los poetas y con un hasta luego a Fernando, vamos bajando en un orden impecable los cientos de gradas del cerro. Sin atropellos, con los más hermosos tonos de civilidad y de contento. Nada se deja sin disfrutar porque en los rostros ello se refleja... y pro un instante hay una recua que inunda la ciudad... inoculándole, mínimamente, otra dosis anual de su poemario alimento. Las sonrisas están en las caras y los gestos, todos somos Medellín y allí en ese cerro, dejamos una parte hermosísima de todo lo que al bajar estamos sintiendo.

Luego, la calle, el viento, el tráfico... y la nostalgia para esperar el próximo año... cuando volvamos a tomar para nosotros... ese cuento.

OHCNARF

2 comentarios:

Anónimo dijo...

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