martes, agosto 21, 2007

Sobre la inauguración y la clausura del XVII Festival Internacional de Poesía de Medellín




julio 14 al 22 de 2007

Tal vez sobre este festival se haya escrito mucho en crónicas periodísticas que dirán que con unas palabras tomadas de Roberto Juarroz y alusiones idealistas de la paz se inició el camino hacia el encuentro entre 76 poetas de 53 países, quienes buscaron siempre unir sus voces a favor de la reconciliación en Colombia con un homenaje a la vida y a la cultura a través de la palabra. Dirán tal vez que todos los continentes estaban allí representados, todos consagrando sus versos en pro de luchar por la paz en Colombia. Dirán que el estremecimiento del ser llegó cuando con la voz batuta de Fernando Rendón (Poeta Director de la Revista Prometeo, organizadora del festival), dirigió el coro de cientos de personas expectantes en el cerro al leer un poema del portugués Antonio Ramos Rosa: “No puedo aplazar el amor para el otro siglo / No puedo / Aunque el grito se ahogue en la garganta / Aunque el odio estalle y crepite y arda / Bajo montañas de ceniza // No puedo aplazar este abrazo / Que es un arma de dos filos / Amor y Odio // No puedo aplazarlo / Aunque la noche pese siglos sobre las espaldas / Y la aurora imprecisa tarde / No puedo aplazar para otro siglo mi vida / Ni mi mar / Ni mi grito de liberación // No puedo reprimir el corazón.”

Dirán también esas crónicas que «En el Festival... se presentó la primera antología mundial audiovisual de poesía en desarrollo existente en Internet, que ha preparado durante cuatro años sobre el festival, un trabajo que no tiene paralelo en el mundo y es de una “importancia capital para poetas, especialistas y lectores interesados en los desarrollos de la poesía contemporánea”, que incluye poemas en vídeo de 219 poetas de 112 naciones.»

Sin embargo, no vengo a decirles lo que ya se podrá leer con una mínima pesquisa en un Google cualquiera, sino a contarles desde mi óptica como espectador qué sentí asistiendo a estos eventos, la inauguración y la clausura del festival. Vengo a dejar algunas de las notas de mi cuaderno y mi libro de memorias de una manera que intentaré hacer coherente.

Caleidoscopio de colores y fonemas. Suspiros invocando a la esperanza y a la paz en diversas lenguas. Abrazos con el corazón entre seres de grandes sensibilidades. Ejemplo esplendoroso de alegría y fe en la raza humana para subvertir su destino, para enfrentar las balas y la sangre con poemas y cantos. Nada se escapaba a los ojos de los cientos de espectadores que al anuncio del inicio y fin del festival teñíamos los ojos con el color de la pasión por ese soplo de vida que lleva la palabra poética.

Faltarían cuartillas para festejar a todos los poetas del festival pero algunos tenían en mí un mejor impacto por razones que en razón no soy capaz de definir. Merle Collins de Granada saludó al público con su cabeza rapada llena de canas sobre su piel negra y uno a uno fue haciendo temblar la piel de los escuchas con su volcán en las profundidades del mar, un mar que según ella “arroja sus tributos a quienes aún ven el horizonte”, y en su remembranza por los héroes de su movimiento libertario contra el opresor en su Grenada, mientras sus ojos parecían tener una íntima conversación con el sol de estas montañas casi en un añoro por su caribe perpetuamente evidente en su sonrisa. Las lenguas guturales, silábicamente nasales o espléndidamente desafiantes a nuestros oídos castellanos, pasaban raudas por mis acentos y controvertían mi gramática, mi semántica y mi forma de expresarme toda una vida, al momento de conocer qué significaban en el lenguaje de La Mancha, todos aquellos sonidos.

Nuestros poetas altivamente sacaban el pecho y sus voces para decirnos, en nuestra propia jerga, que el alma colombiana tiene también su espacio en el ámbito universal de la poesía. Santiago Mutis en su experiencia, Giovanni Gómez en su juventud, Myriam Montoya en su belleza repatriada de un París -ese día ciudad luz distante- y jóvenes promesas de las laderas de este mismo valle que nos hicieron deleitar con la esperanza de ver brotar poetas en muchas casas de este Medellín que no es sólo lo que cineastas locales y advenedizos muestran en su prostitución comercial.

Apoteosis es la palabra de la inauguración para describir el poema que Nahid Kabiri (Irán) declamó en su voz canora, con timbre acariciador en mis oídos como cantos de pájaros entre tonos altos y bajos que exhalaban versos en tonos de suspiro, “¿Me permite usted Señor?”, donde nos mostró la opresión de la mujer por el varón, donde tener el más mínimo derecho humano a ser alguien es un algo negado, desde el romance, el vestir y hasta el hacer lo que la más simple de las mujeres en la mayor parte del mundo pueden hacer además de parir, servir y atender hijos, marido y hogar. Pensé y escribí en mi cuaderno al oírla “... y bajo los cielos infinitos del romance su más hermoso grito de salvarse, protestar contra la opresión, más una nostalgia a su tetera y a su tierra, a la aguja y al hilo, desde ese exilio que sentíamos en toda su extensión.” Todos nos pusimos de pie y en un atronador aplauso de unos tres minutos hicimos brotar las lágrimas de Nahid y de todos nosotros en un apretón de brazos que se extendían hacia las mujeres de Irán en tentáculos hechos de fe y de solidaridad humana. Al sentarme nuevamente con la emoción a flor de piel en ese sentimiento de rebaño, me pregunté: “¿Seré yo distinto hoy y mejor en mi receptividad frente a tanta poesía?” y mi respuesta automática, inmediata, fue un sonoro “¡Sí!”.

Frases otra vez se pegaron a mis hojas desde los poetas: “... enciendes un fósforo y aumentas el silencio...”, “... niño gentil, deposito aquí también tu flor. Esta es la tumba de un soldado...”, “pero no vengas porque lo que yo realmente quiero es esperarte...”, y muchas más danzaban alegres por entre mis dedos al cuaderno. Ese cubano Miguel Barnett con su sorna e ironía sobre los cubanos de Miami hizo sonreír y hasta carcajear a propios y a extraños, como una muestra de que la poesía no está lejana al discurrir de la vida diaria ni ajena a la política. En esa misma tónica estuvieron todos los poetas Irak, de la nación Kamsá (Indígenas colombianos) y muchos otros, en su denuncia, en su camino por crear, desde su pluma, un mejor mañana. El caleidoscopio no sería completo si uno no alude en este punto a las voces femeninas venidas de latitudes tan disímiles como Islandia o Ghana, Puerto Rico o Bélgica, en fin... náyades, musas y hasta gracias con voz musical que esplendían ante mis ojos llenos de arrobo poético. Una “multiorgásmica” Dina de El Salvador nos hizo recordar la piel y las caricias en su esencia más hermosa, en su desparpajo al amor entre dos seres con pulsiones primarias y de todo tipo nos creo lecciones para compartir con la pareja en otras noches de asueto.

Nada era extraño en aquel cerro en multitudinarios recitales en tardes tan disímiles como hermosas. Quedaría corto e incompleto si no hiciera una alusión al público (yo entre ellos) que colmó hasta los árboles y nuevamente –como en todos los festivales anteriores- intimidó hasta a los más avezados declamadores, a los más premiados poetas. Éramos muestra de esta biodiversidad exultante de mi Medellín, de todas las razas, credos, colores, edades, tamaños y formas, pero con un alma que allí fue única. Creo que la poesía que se escuchó, saltó las barreras del corazón, se metió en la dermis de los vivos para intentar desde su silencio misterioso y su dicción majestuosa, conquistar mejores años para los que aún quedamos en pie a pesar de las barbaries desatadas sin guerras declaradas. Tal vez muchos bárbaros distintos le han querido hacer la guerra y no el amor a las palabras, pero no han podido derrotarlas porque la poesía aún existe, persiste y los rebasa, y mientras ella esté allí siempre existirán poetas para recordándonoslo.

Otra y otra vez, la función de la poesía ha sido un hurgar con sus dedos ensangrentados en los interiores de la conciencia, para que los poetas no nos convirtamos en plagiadores del rostro de la aguda muerte, de la amiga muerte, de la reciente muerte, de la siempre muerte del minuto periodístico de turno en algún tabloide moribundo, sino que representemos esas manos acariciadoras por la piel de la esperanza, del amor, de todo el espectro de bondad que contiene el alma humana. Tanta poesía y ese indestructible vínculo con tanta emoción, nos recuerdan que ese conjuro debe ser emisario de la vida... y de un porvenir mejor. Lo que se dijo aquí en versos ha de permanecer entre la psiquis de miles de ojos que ansiosos vimos rodar sobre la piel de las palabras y sobre esas fusas que en lenguas ignotas nos deleitaron, la vida misma. En este cerro tutelar, en este festival, hemos sido testigos de la simiente de una nueva conciencia para este pequeño colectivo que podrá llegar a ser grande... de nosotros depende.

Gracias Prometeo, gracias Medellín, gracias a aquellas empresas privadas y públicas que hicieron posible este milagro que anualmente se repite para hacernos ver... que la esperanza existe... que la vida vale la pena vivirla.

julio 27 de 2007

3 comentarios:

David Pineda dijo...

Señor Francisco Pinzón, déjeme decirle que tiene un excelente blog en homenaje a la poesía, pasaba por aquí a conocer y me detuve un poco a leer, su poema "SIEMPRE ESTARÁ" me pareció muy bacano, felicitaciones, yo también tengo blog de poesía, se llama "Un vicio más", pero no está llena de tanto amor; más bien de quejas y reclamos sobre muchas cosas que me producen angustias como el amor pero al contrario, hecho desamor y frustración. "Cansado de vagar y recordar me eché a un lado del camino y decidí escribir."

Patricia Gordillo Serrano dijo...

Gracias Francisco por tu comentario, es un bello pensamiento, una breve poesía. Yo no he dejado queme conocieras, de ello se encargó la misma vida, no me tienes que agradecer, vivimos somos, seres vivos, que sin querer existen, se presienten.

Gracias.

Hasta Pronto


Patricia Gordillo


www.patriciagordillo.com.ar

Nico dijo...
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