viernes, febrero 01, 2008

DOS PEQUEÑOS LIBROS, DOS SORPRESAS...


Dos pequeños libros, dos sorpresas de poesía en prosa, cada una en un escenario distinto, el uno en un extraño laberinto de pretensiones misteriosas dentro de la densa calma de la mente humana y la otra... cálida y desapacible, nostálgica quizás, en el trasiego de un viaje plagado de esperanzas y de las historias y de ese material de que están construidas las colonias de ultramar. Dos extrañas coincidencias que llegan a mis manos como luces de colores en un amanecer amplio, como mariposas que graciosa y aleatoriamente escogen donde posarse, y esa flor fueron mis manos y mis ojos que, sin saberlo quizás, se extendieron para rescatar del olvido y del naufragio a estos dos tesoros, a mi juicio, hermosos y distintos.

El primer libro llegó en una caminata dominical por el centro del poblado en que vivo, deambulo y disfruto, cuando en una esquina plena de libros viejos que un soñador poeta abre todos los días para deleite de unos pocos que, a juicio de su osadía son suficientes, tuve a bien comprar. De entre miles de libros de todos los talantes colores, edades e historias, éste casi clamaba porque fuera mío y en un compuesto de tiempo de no más de dos minutos, fue amor a primera vista. El equivalente de un dólar, y eso porque era domingo y porque todo el material viejo o de desecho de bibliotecas que nunca fueron siquiera eso, se valoriza con sólo estar allí imbuido dentro de una clasificación inclasificable, dentro de una disposición indescifrable, dentro de un olor a polvo de papel, defendiendo historias que vuelan por la escasa área donde duermen las letras de otros que se atrevieron a darles vida en un libro. Yo, testigo de excepción, en un volar por aquel mundo fijé mi vista en un pequeño de apenas unos 10 x 8 cms y tal vez ni el centímetro de grosor, libro de bolsillo, con un autor que a mí me suena a belleza: Octavio Paz. Contiene dos conjuntos de textos de hace más de cincuenta años, dos escritos capitulados en prosa que el mismo editor catalogó como poética sin pecar en lo más mínimo. Escritos hermosamente cortos, como para servir de muestra al buen escribir, al buen decir, al buen describir, al hermoso uso de las palabras y sus acentos y sus adjetivos. Rejuvenecido en su exterior pero con la huella dulce de algunos otros lectores en sus doce o trece años de vida. Hermano de otros en alguna colección que pretendió poner en manos del público cien textos “de la literatura y el pensamiento universal” como reza su presentación. De él, a continuación compartiré un fragmento, tal vez vivo aunque descontextualizado, pero con una fuerza innegable. No en vano a Paz lo seguimos estudiando y leyendo, tardíamente como en mi caso, y sé que con fruición, admiración y nostalgia en su México natal y en sus alrededores, el mundo que lo ama.

Del primer libro:
Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto, dueño de qué poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su presencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio, que declara su belleza —ligeramente horrenda— peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres. Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo. Pero ahora, ¿me escuchas?, ahora voy a arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. Quédate quieto: quiero oír tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones. ¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro, nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonríen, te roban. Son insaciables. Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. Estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente, como se responde a un camarada después de una larga ausencia. Es cierto que la palabra ausencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable presencia se parece a lo que llaman el «vacío de la ausencia». ¡El vacío de tu presencia, tu presencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido? Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué repliegue. No creo ser muy exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo al que las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta dónde puedo llegar. Reconozco que eres el más fuerte y el más hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría, te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás posesión de mí. ¿Por qué esperar tanto tiempo? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencia. ¿Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. Te haré una confidencia —ya ves, no te guardo rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio—: al cabo de tantos años de vivir.. aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás se ha detenido, que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. Probablemente soy demasiado tímido y no he tenido el valor de asirlo por el cuello y decirle: «Yo también existo», como el pequeño funcionario que en un pasillo detiene al Director General y le dice: «Buenos días, yo también...», pero, ante la admiración del otro, el pequeño funcionario enmudece, pues de pronto comprende la inutilidad de su gesto: no tiene nada que decirle a su Jefe. Así yo: no tengo nada que decirle al tiempo. Y él tampoco tiene nada que decirme. Y ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir —espera, no seas impaciente, no quieras escapar tendrás que oírme hasta el fin—, al cabo de tantos años me he dicho: ¿a quién, si no a él, puedo contarle mis cosas?
OCTAVIO PAZ – Fragmento del libro “Arenas Movedizas” [1949]

El segundo libro iba a ser volcado al cesto de la basura. Alguien que me conoce me preguntó ante mis ojos tal vez de pregunta y desaprobación: “¿Lo quieres?” y con mi respuesta afirmativa, se volvió otro habitante de mi morral. Luego, en esas soledades en la mejor compañía de mí mismo, apareció ante mi alma el llamado de ese monumental esfuerzo viajante; traer un piano desde Nueva York hasta las lejanas y agrestes tierras colombianas del interior. Esa épica figura de un piano que quería descargar su historia de salones de baile y de múltiples “fru-frú” de los vestidos festivos, encajes y perfumes de una sociedad que tuvo su música. Esa desgarradora descripción de las vicisitudes del paso de aquel “cantaó”: “...bajo el cielo injurioso, con el ruido del agua ignorante de su parentesco musical”, han sido mis delicias y espero que las de ustedes. Los editores hicieron de este texto un regalo para sus clientes con una introducción donde se lee: “... una pequeña joya del patrimonio cultural colombiano”. Este pequeño es “El Dios Errante” de Pedro Gómez Valderrama, que fue incluido como un capítulo (después de publicado) de la novela “La otra raya del tigre”, 1977. Al igual que del primero, hay un fragmento a continuación. Este tesoro mínimo bellamente decorado por pinturas colombianas de su propia colección, está presente hoy para deleite de mis sentidos y de ustedes.

Del segundo libro:

El piano sigue allí tirado como la prodigiosa sirena encallada, como el barco fantasma. La sinfonía del piano no está en sus notas muertas, sino en el viento que pasa, en el sol que va devorando la madera del empaque. en las hormigas que en ceremoniosa fila van penetrando en el interior del cajón, hasta que un día aparecen los negros borrachos acompañados de una negra ataviada de rosa con un estrafalario sombrero lila, la cual, apenas entra la barca en el agua alza sus enaguas y pone sus posaderas oscuras en la tapa del cajón del piano, y el piano va nuevamente aguas arriba, un mes tras otro, hasta completar un año más, mientras las gentes de los caseríos salen a la orilla a contemplar el cortejo fantasma y a oír los cantos borrachos de la negra, sentada con las piernas abiertas sobre el piano que alcanzó a desgranar notas sobre la noche del Segundo Imperio, el piano occidental mensajero de cultura y redención para los pueblos hambrientos y sedientos y desesperados y esclavos. Y al pasar por el último caserío, un negro ríe desde la orilla, un negro alto cuya carcajada tendida va rebotando hasta el piano y misteriosamente el sonido hace vibrar una cuerda que despide una nota, la cual basta para inmovilizar a la negra, que resbala y se pone de rodillas, y la lancha se desliza de pronto con más brío.

Cartas van y vienen, cartas del destinatario impaciente, y los correos que las portan pasan con los reclamos cerca del piano, el abuelo se mueve intranquilo y repasa el tiempo, y al fin, en uno de los caseríos que recorre el inmenso viaje sobre el río, hay una cruz sobre una de las chozas, y un hombre de túnica blanca agita las manos desde la orilla aventando bendiciones, las bendiciones saltan sobre el agua como piedrecillas lanzadas al ras de la superficie, los habitantes se congregan para ver pasar al Demonio hembra vestido de rosa y con sombrero violeta, que manotea sobre el piano escondido ululando maldiciones, y el hombre de blanco se da cuenta de pronto de que sus fieles creen más, mucho más en el demonio rosado que en los latines que murmura despechadamente lanzando cruces con su mano derecha sobre la barca hereje.

Vienen a veces las crecientes del río, y hacen devolver la barca, la túnica rosada de la sacerdotisa se ha ido cubriendo de espuma de plantas acuáticas, los remeros jadean luchando contra la fuerza del agua que los devuelve hacia Mompox, y gritan y sudan y sangran y maldicen, y la barca con su piano a cuestas se va devolviendo lentamente, y la lucha se traba de nuevo hasta que la barca se queda como suspendida, y las aguas pasan y el tiempo va corriendo y el piano continúa semisumergido en el Río Grande de la Magdalena, desde la altura de Mompox hace cien años y la negra todavía tiene su sombrero violeta sobre el cuerpo casi desnudo lleno de jirones rosados, y si canta muy fuerte o se ríe muy alto suena de pronto una nota sostenida en las entrañas del piano.

«El dios errante» Pedro Gómez Valderrama. (Siglo XXI de Colombia, Primera edición, Bogotá. 1977)

Como colofón, es este dios de la palabra quien nos inunda los dedos y la sangre, tal vez para sacar de ellos su mejor canción y a la vez, un desafío a no ser menos que quienes lo antecedieron, así no lo logremos, así sólo seamos uno más de los pasos utópicos hacia ese Dorado salvaje y hermoso que es escribir para otros. Creo que éste es un pequeño homenaje a dos de esos libros olvidados que me antecedieron, y de los cuales se beben y se decantan dulcemente como alimento... las metáforas, los símiles y otras hermosas figuras que sólo logran... las letras, con independencia del tamaño de su contenido.

Nota final: Se transcriben estos textos sin permiso ni de los autores (ni quienes poseen sus derechos) sólo ataviado con el yelmo de la admiración como justificación.

Por: Francisco Pinzón Bedoya - Envigado, Antioquia, enero 29 de 2008




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