domingo, octubre 26, 2008

DIVAGACIÓN SOBRE ESOS LIBROS ANTES DE LOS INCUNABLES

Empiezo por transcribir la definición de incunable del DRAE. “(Del lat. incunabŭla, pañales). // 1. adj. Se dice de toda edición hecha desde la invención de la imprenta hasta principio del siglo XVI. U. t. c. s. m.”. De un artículo encontrado sobre el tema (El libro medieval http://endrina.wordpress.com/2008/04/24/el-libro-medieval) se dice esto: “El libro medieval, conocido como códice o manuscrito, nace y muere a causa de dos revoluciones técnicas muy distintas; nace cuando, hacia el siglo IV d. C., se reinventa el libro como un objeto de forma rectangular consistente en varias hojas apiladas y cosidas, que se pueden hojear una tras otra (el formato de los libros de hoy día), y muere con la invención de la imprenta en el siglo XV


Me entusiasmo con la opinión de un personaje de un cuento fantástico de Borges que consideraba que “La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.” Tiendo entonces a dilucidar cómo sería el mundo cuando no se imprimían los libros sino que cada uno era un ejemplar único, escrito y adornado con gráficos, a mano, con la pluma del escriba y el pincel del dibujante y el artista. Algo como “monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo”, según dice por ahí un documento que reseña la historia de la imprenta, pero antes que ellos, era una opción de riqueza y de poder el tener libros entre romanos, griegos, árabes y hasta entre los egipcios, quienes con su invención del papiro dieron pie al pergamino.

Se me ocurre que por ello la palabra “incunable” es eso: los albores de la creación de libros por medios mecánicos cuando ya no podría más hablarse de hacer libros singulares, en un ambiente ya de población mayor en número creciente. De esas especies que sólo llegaban a minorías mínimas (con la excusa de la redundancia), me imagino cada tapa, cada contracarátula, cada relieve de su lomo, cada fibra de cada hoja había sido hecha con amor y con ilusión y desenfado por el o los artistas. Los colores en épocas donde las tintas eran menos que eso, eran pigmentos extraídos de todos los rincones de la tierra, expuestas en crisoles. Tal vez el rojo era de Altamira, tal vez añil del índigo de la India, tal vez el ocre de alguna arcilla rara del patio trasero, y hasta un blanco proveniente de un caolín africano. El tiempo era un recurso inmenso e inagotable. No era una obra para vender mañana en el semáforo de la avenida 10. Sólo era el hecho de hacer bella la belleza, del decir y ver ese decir por esos ojos privilegiados que, a la luz de una vela cerúlea, amaban la escritura. Debían abundar en las mesas, los montoncitos de polvos preciosos de oro, plata y hasta algunos que ni se conocían, de los cuales emanaban vapores y olores escondidos; aceites y diluyentes traídos de todos los confines, a precios exorbitantes, pero que en la mira del creador de aquel libro, no sumaban.

¿Qué decir del texto y sus contenidos? Amorosos ellos en el decir del señor feudal, el noble o el reyezuelo que tenía en su trastienda una multitud de pintores, orfebres y juglares escribas de hábil palabrear, a su servicio, tal vez por la paga de un bocado y un jergón con un algo caliente a la extrema hora de dormir. Mi imaginación se amolda, tal vez en apego a imágenes de algún director de películas de esas épocas, y de algunos gráficos de pintores clásicos, y exalta a esos amantes de la exacta reproducción de lo que sus ojos les presentaban, obviamente antes de la aparición en escena de los impresionistas, personas en su trajín en las cortes, batallas ganadas obviamente, tronos conquistados con sus princesas y riquezas, y hasta la reliquia que se quería hacer imperecedera.

Los tutores de la antigüedad de estos libros no tenían ningún derecho sobre sus obras publicadas; no existían ni derechos de autor ni derechos de editores, tal vez por ello era que cada quién podía copiar un libro a su acomodo y voluntad. Era un tema de prestigio y de mucho dinero, eso creo, pues el libro conseguía inmortalizar a su autor, es decir, era la gloria.


Cómo decir desde hoy, era cibernética, con red que crece y se duplica cada dos años en usuarios y cada dieciocho meses en contenidos, que ha igualado a “sirios y a
troyanos” con sólo el toque sutil de la yema de los dedos, no importa si en el café Internet de la esquina o recostados cómodamente en su suite de Abu Dabhi, ¿cómo sería aquella sensación de poder y gloria para quien exhibía ante un puñado de nobles, el último libro que cien especialistas habían creado para sus ojos?: no sé cómo decirlo, no lo sé. Ante esta brumadora perspectiva, de reciente engaste en la historia de la humanidad, ¿qué será un tipo de gloria escrita similar en un futuro cercano u hoy mismo? Tampoco lo sé y creo que cualquier respuesta es de antemano, no sólo arriesgada sino incierta. ¿Tal vez un manuscrito original en inglés de Borges? Igualmente, no lo sé.


septiembre 30 de 2008


2 comentarios:

Fiore dijo...

Siempre cuando hay ganas de leer se encuentra facilmente algo que inspire a mucho más

gracias por la visita
un bso!

Azul... dijo...

A mi los libros me alborotan la adrenalina hasta niveles insospechados (*), así que si yo viví en aquella época de los incunables, no tengo la menor duda de que o los escribía o los ilustraba :)

Un placer regresar por tu casa, Francisco :)


(*) Eso te llamó la atención en un post mío y fue la primera vez que visitaste mi blog, por allá, por junio ;)