miércoles, octubre 29, 2008

Admiración


ADMIRACIÓN

Una aglomeración
de puntos extensos
calcáreos ordenados
continuos crecientes
metódicos consecuentes
concéntricos perpetuos
como brotando del fondo
de su ápice de su origen
Eso es el esqueleto
de un bivalvo
Suena a plan mágico
a bellezas definidas
por un ser supremo
que del barro
... también nos hizo

Enero 2002
Santa Marta

Gandhi Azul



En un BLOG AZUL, de mis favoritos (http://azules.blogspot.com/), me encontré este regalo que Gandhi nos dejó, y quiero reproducirlo para que todos nos sintamos “tocados” por él. Gracias Azul.


Un regalo más...

Si yo pudiera dejarles algún regalo,

dejaría acceso al sentimiento de amar la vida de los seres humanos.

La conciencia de aprender todo lo que fue enseñado por los tiempos idos...
para recordar los errores que fueron cometidos y que no se repetirán jamás.
La capacidad de escoger nuevos rumbos.

Les dejaría, si pudiera, el respeto por aquello que es indispensable:

Además del pan, el trabajo.
Además del trabajo, la acción.
Y si todo faltara, un secreto:
El de buscar en el interior de si mismo la respuesta
y la fuerza para encontrar la salida...

Mahatma Gandhi

martes, octubre 28, 2008

El oficio de poeta




Un poema que les compartiré al final, me hizo pensar en este tema, aunque no tengo como oficio ser poeta. Es probable que a muchos bardos pase lo que Goytisolo nos dice. Cada explosión, que después puede llegar a ser un poema, debe tomarse con toda su sustancia y se le debe dar forma, tal vez de modo parecido a cuando la cerámica sale de su molde, donde es necesario quitarle la rebaba, lijarla y hasta cubrirla de otros minerales para que resplandezca y tenga dureza y condiciones para pervivir el tiempo para el cual quien la compra espera. Se deshilacha en otras ocasiones y en el primer tirón, se deshace, en estos casos ese poema murió sin nacer. Pues así es el poema, nace tímido y a veces amorfo, con la sustancia que sólo el alma de quien lo concibió conoce, sin garantía de existencia.

Hay pocas oportunidades en que se aparece con toda la fuerza y su desproporción arrolladora, casi deja de lado al hacedor de esos versos, y adquiere por su tono y su consistencia, vida propia. Este es, a mi pesar, el menos de los más, es decir, ocurre menos veces de lo que uno se imagina. En algunas oportunidades, sentimos que decir lo que queremos decir no son siquiera palabras propias sino unas que todos dicen pero que el poeta quiere decir a su modo, como una juglaría del común, de todos, de conocimiento pleno del conglomerado a que se pertenece; tal vez, un poco como devolviendo lo que nos ha sido prestado.

A veces, concebimos al poeta como un iluminado, pero creo que para iluminar se requiere... mucho trabajo. ¿Herramientas? Todas aquellas que tengan que ver con poner en palabras lo sentido, lo intuido, lo bello y lo deseado, en un solo crisol. Se verterá luego de él, ese arrabio que creará el lingote para luego ser domado, para ponerle frenos y correas y hasta afeites que no lo hagan parecer ni necio ni triste ni exultante ni extraño, sólo... un poema bello.


EL OFICIO DEL POETA

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO


Contemplar las palabras

sobre el papel escritas,

medirlas, sopesar

su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,

igual que un artesano,

separarse a mirar

cómo la luz emerge

de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, en el soplo

sobre el polvo infinito

de la memoria, sobre

la experiencia vivida,

la historia, los deseos,

las pasiones del hombre.


La materia del canto
nos la ha ofrecido el pueblo

con su voz. Devolvamos

las palabras reunidas

a su auténtico dueño.



domingo, octubre 26, 2008

DIVAGACIÓN SOBRE ESOS LIBROS ANTES DE LOS INCUNABLES

Empiezo por transcribir la definición de incunable del DRAE. “(Del lat. incunabŭla, pañales). // 1. adj. Se dice de toda edición hecha desde la invención de la imprenta hasta principio del siglo XVI. U. t. c. s. m.”. De un artículo encontrado sobre el tema (El libro medieval http://endrina.wordpress.com/2008/04/24/el-libro-medieval) se dice esto: “El libro medieval, conocido como códice o manuscrito, nace y muere a causa de dos revoluciones técnicas muy distintas; nace cuando, hacia el siglo IV d. C., se reinventa el libro como un objeto de forma rectangular consistente en varias hojas apiladas y cosidas, que se pueden hojear una tras otra (el formato de los libros de hoy día), y muere con la invención de la imprenta en el siglo XV


Me entusiasmo con la opinión de un personaje de un cuento fantástico de Borges que consideraba que “La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios.” Tiendo entonces a dilucidar cómo sería el mundo cuando no se imprimían los libros sino que cada uno era un ejemplar único, escrito y adornado con gráficos, a mano, con la pluma del escriba y el pincel del dibujante y el artista. Algo como “monjes y frailes dedicados exclusivamente al rezo”, según dice por ahí un documento que reseña la historia de la imprenta, pero antes que ellos, era una opción de riqueza y de poder el tener libros entre romanos, griegos, árabes y hasta entre los egipcios, quienes con su invención del papiro dieron pie al pergamino.

Se me ocurre que por ello la palabra “incunable” es eso: los albores de la creación de libros por medios mecánicos cuando ya no podría más hablarse de hacer libros singulares, en un ambiente ya de población mayor en número creciente. De esas especies que sólo llegaban a minorías mínimas (con la excusa de la redundancia), me imagino cada tapa, cada contracarátula, cada relieve de su lomo, cada fibra de cada hoja había sido hecha con amor y con ilusión y desenfado por el o los artistas. Los colores en épocas donde las tintas eran menos que eso, eran pigmentos extraídos de todos los rincones de la tierra, expuestas en crisoles. Tal vez el rojo era de Altamira, tal vez añil del índigo de la India, tal vez el ocre de alguna arcilla rara del patio trasero, y hasta un blanco proveniente de un caolín africano. El tiempo era un recurso inmenso e inagotable. No era una obra para vender mañana en el semáforo de la avenida 10. Sólo era el hecho de hacer bella la belleza, del decir y ver ese decir por esos ojos privilegiados que, a la luz de una vela cerúlea, amaban la escritura. Debían abundar en las mesas, los montoncitos de polvos preciosos de oro, plata y hasta algunos que ni se conocían, de los cuales emanaban vapores y olores escondidos; aceites y diluyentes traídos de todos los confines, a precios exorbitantes, pero que en la mira del creador de aquel libro, no sumaban.

¿Qué decir del texto y sus contenidos? Amorosos ellos en el decir del señor feudal, el noble o el reyezuelo que tenía en su trastienda una multitud de pintores, orfebres y juglares escribas de hábil palabrear, a su servicio, tal vez por la paga de un bocado y un jergón con un algo caliente a la extrema hora de dormir. Mi imaginación se amolda, tal vez en apego a imágenes de algún director de películas de esas épocas, y de algunos gráficos de pintores clásicos, y exalta a esos amantes de la exacta reproducción de lo que sus ojos les presentaban, obviamente antes de la aparición en escena de los impresionistas, personas en su trajín en las cortes, batallas ganadas obviamente, tronos conquistados con sus princesas y riquezas, y hasta la reliquia que se quería hacer imperecedera.

Los tutores de la antigüedad de estos libros no tenían ningún derecho sobre sus obras publicadas; no existían ni derechos de autor ni derechos de editores, tal vez por ello era que cada quién podía copiar un libro a su acomodo y voluntad. Era un tema de prestigio y de mucho dinero, eso creo, pues el libro conseguía inmortalizar a su autor, es decir, era la gloria.


Cómo decir desde hoy, era cibernética, con red que crece y se duplica cada dos años en usuarios y cada dieciocho meses en contenidos, que ha igualado a “sirios y a
troyanos” con sólo el toque sutil de la yema de los dedos, no importa si en el café Internet de la esquina o recostados cómodamente en su suite de Abu Dabhi, ¿cómo sería aquella sensación de poder y gloria para quien exhibía ante un puñado de nobles, el último libro que cien especialistas habían creado para sus ojos?: no sé cómo decirlo, no lo sé. Ante esta brumadora perspectiva, de reciente engaste en la historia de la humanidad, ¿qué será un tipo de gloria escrita similar en un futuro cercano u hoy mismo? Tampoco lo sé y creo que cualquier respuesta es de antemano, no sólo arriesgada sino incierta. ¿Tal vez un manuscrito original en inglés de Borges? Igualmente, no lo sé.


septiembre 30 de 2008


martes, octubre 21, 2008

Todos los colores...




Azul, a su lado amor a su lado
morado, de amor adorado amor atado
verde, del deber de verlo arropado
lila, de Alí la bruja del conjuro
amarillo, de ella amar y yo, ¡lo juro!.


(Fragmento de "Colores del amor", 15/IV/1999)




Fragorosa la brisa de poemas idos, canta fuera de su nido para que yo recuerde y haga un trazo, un lento trajinar con las palabras y hasta me desembarace de algunas de ellas... cual alumbramiento de hoy en que nostálgico me asomo a este lugar especial.

sábado, octubre 18, 2008

Después de la lectura





Tal vez unas letras en un libro lleven a querer seguir leyéndolo, disfrutándolo y hasta memorizándolo, pero creo que pocas de ellas cumplen el probable cometido que el autor se trazó. Pueden esas ambiciones haber sido unas tan disímiles a la interpretación del lector que ni siquiera se acerca a ellas, o en algunos casos ser certeramente lo que el autor quiso dejarnos. En algunos casos es el mismo autor quien nos previene de su intención y como en el caso de Héctor Abad Faciolince en El olvido que seremos, nos entrega la razón por la cual conjura la figura de su padre siguiendo ese “reto milenario” que otros ya hicieron como Franz Kafka o el triniteño V. S. Naipaul.

Tal vez en algunos de nosotros hay ese “reto” por rescatar, como es mi caso, y por algunas razones de identificación con el libro de Abad quisiera rescatar. ¿Era mi padre un padre amoroso? ¿Era mi padre un hombre inteligente y bondadoso? ¿Era mi padre un ser rescatable como para hacer que nadie lo olvide? No creo tener respuestas ciertas a cada una de estos cuestionamientos o a otros más íntimos, sólo sé que al igual que Héctor Abad Gómez, mi padre también será olvidado por aquella ley universal de la fugacidad de la existencia del hombre.


También de Borges, como el verso de su poema que dio origen al título del libro de Abad Faciolince a que me refiero, El otro poema de los dones habla del olvido, así:

Gracias quiero dar al divino
Laberinto de los efectos y de las causas [...]
...
Por el olvido, que anula o modifica el pasado[...]


Gracias a los Abad, a Borges, a Naipaul, y a todos aquellos que van creando en mí una nueva aventura mental frente a mundos distantes o cercanos, extraños o conocidos, llamativos o estrambóticos, mundos que serenamente -sin un orden preestablecido- me van moldeando. Sin embargo, estoy de acuerdo con Héctor Abad Faciolince cuando en un escrito suyo (recopilación de una charla que pronunció en el festival de la revista El Malpensante en 2007) dice “Me gusta leer y escribir, pero me gusta más vivir. La vida es mejor que los libros leídos y que los libros escritos. Aunque me gustan los besos leídos y los besos vistos, me gustan más los besos dados. Y aunque no me gusten más las muertes vividas que las muertes vistas en cine, puedo decir que las muertes presenciadas en vida son más intensas que las del cine y también más horribles.



Después de leer El olvido que seremos, justifico palabras de Trapiello que cita Abad Faciolince: “Las palabras son como el agua que se les pone a las flores: no las vuelve eternas pero aplaza su final.

Medellín, octubre 18 de 2008

domingo, octubre 12, 2008

Si estuvieras...


un poco se calmaría esta nostalgia...

Como en las nubes


Una tarde de nostalgia... como muchas, nació un poema donde una parte está así, como en las nubes, sintiendo que hasta "sólo una palabra" crearía la "sanación" pretendida

Saludos...

jueves, octubre 09, 2008

Dorado

Tal vez un pequeño poema pueda tratar de traducir lo que natura ya nos dice



"Dorado

Sin decirlo
la calle se doraba
bajo el guayacán
"




Cuando ese exceso de belleza, vegetal, dorada, exultante, altiva, transeúnte por los ojos, llega en dos días a su fin, sus cadáveres se posan rítmicamente al baile del último aliento sobre las calles y los andenes (veredas), quienes pasamos y hasta nos resbalamos en ellas vemos su belleza en una perspectiva silenciosa, en un afeite para la vida, en un diciente pasar sin estar más que en el momento en que debemos estar. Es un regalo de vida y color que se nos regala, en muchas esquinas y, a veces, casi en simultánea desde muchos ángulos estelares de la geografía montañosa de este Medellín.

Algunos nos asombramos aún, a pesar de que algunas señoras maldicen al barrer el porche de sus casas con la secreta alegría de que por lo menos... lo hacen a la belleza. Es un espacio dorado en los ojos de quienes seguimos tanta demostración de los caprichos de Dios.


Saludos a quienes aún se detienen a ver esas flores
caer en su danza helicoidal...

domingo, octubre 05, 2008

Un atardecer más... como muchos en mi historia



Un fragmento de por allá el 2000, me recuerda que la madre natura... está ahí y que invoca a seguir, a seguir, a seguir.

Me dicen mis lecturas de poemas de muchos tiempos, que el mundo sigue girando y girando, y todo se vuelve historia... y el día de hoy es uno solo.

miércoles, octubre 01, 2008

Un atardecer que está en toda mi memoria


OTRO ATARDECER

Momentos callados
Rítmicos saludos de sal
Andamios parapetándose
a esperar la noche
Red irremediable de suspiros
Dibujos de contornos
sobre puentes azules
Late el amor a bocanadas
en cuasi lagunas pálidas
y quizás quietas tormentas
Materia -como al revés-
en latitudes incompletas
Y yo... entrecerrando ojos
disparo el latido tembloroso
de serranías durmientes
cual musculatura en reposo
Mesetas pardas
ventanas palideciendo
en muros imperceptibles
y hasta...
ocres y magentas a lo lejos
difuminándose en ocasos



Con la tristeza de la pérdida de un
amigo


NAE: Nicolás Acosta Espejo, quien en
esa tierra


me albergó en su corazón, cuando yo apenas depuntaba a
la vida costera...


Paz en su tumba...

y un homenaje reordando esos atardeceres

que nos gustaban tanto




Este es mi más reciente poema...
con toda la nostalgia del mar
de Santa Marta