jueves, agosto 07, 2014

De la memoria fugaz

"Tal vez así vemos hoy el ramo que regalamos ayer..."
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DE LA MEMORIA FUGAZ

Todo caduca y termina de una forma fugaz que apenas descubrimos.  El reloj se empecina aunque se vuelva paisaje.  Las franjas de anaranjados y salpicaduras de nubes de azul vienen a confundirse con los recientes colapsos de la vida y con el olor pútrido que se quedó enquistado en el último entierro o en el paso por la ciénaga.
El entorno marca con su huella un presente que de repente no nos pertenece.  Hay como una ley no escrita que pretende uniformizar la experiencia única del paso por esta parte infinitésima del orbe.   No nos queda ya ni el rastro de lo leído e imaginado, sólo a ratos las evidencias del dolor reciente, y una sarta de retales que cargamos.
El olvido nos va dejando aislados, los hechos se colorean o se borran.  Repetimos películas y les disfrutamos aunque algo por allí nos esté diciendo que ya las habíamos visto.  Se deshacen, como primer síntoma, nombres, fechas, palabras con significados precisos de los cuales sí nos acordamos, sucesos, resultados de algún partido, fiestas y... luego, y más terrible, caras, condiciones, historias y otros desafectos, que nos dicen del giro del tiempo –ése inapelable juez- por los huesos, los músculos, los sentidos y hasta el cerebro.
Como en estrellas lejanas de luz parpadeante se nos van convirtiendo los recuerdos: selectivos, lacerantes, amistosos, desdibujados, borrosos, contradictorios, confundidos, espantosos algunos, y tal vez lejanos los dolorosos, y hasta “patéticos” los románticos.  Las citas de los libros se van volviendo como los amigos: arrugados, contrahechos, malolientes a ratos, y hasta llenos de polvo y soledad.
Quizá somos lo que recordamos y seamos para otros la manera en que nos recuerdan.  No hay una esencia única en la imagen que creemos ser.  Nos presentamos uno distinto para cada ser que nos recuerda.  Para la sociedad somos esos pedazos de evidencia de lo que de nosotros hay en cada uno de los cercanos.  Sólo para nosotros, en la intimidad, negamos lo que nos dice el espejo y, más que eso, lo que nos grita la conciencia y la caterva de lo que llevamos allí de un equipaje, uno que podría ser amargo o limpio y dulce, o una inmensa mezcla de cada uno de esos sabores.  Es en todo caso, una escogencia, una decisión que hacemos, entre ser felices en el paso aleve por este tiempo que en suerte nos tocó o no.  Tarde descubrimos que eso que rememoramos es la vida, es la parte minúscula que tenemos, y de lo cual: no hay más.
Es una lección dispendiosa ese aprender, muchas veces tarde, de que eso que nos sucede es lo que nos ha sido dado con la palabra vida.  No hay más que esta sucesión de pequeños detalles, hasta indistinguibles uno del otro, y que al juntarlos es lo que somos y hemos sido.  Nos falta decidir lo que construiremos con cada uno de los que están por venir: de eso depende el poder llamarnos seres felices.
Si uno se abstrae de las necesidades primarias y las da por satisfechas, ese ser feliz tal vez no pasa por donde queríamos y de eso que atesoramos, sino por otros lugares más plagados de pequeños delirios y suspensos; pero sí se está en la vecindad de los conceptos de confort y satisfacción, independientemente de lo que para cada uno ellos sean.
El olvido es un instrumento que los individuos usamos y las sociedades replican.   Desterramos de nuestro círculo a quien creemos que no nos conviene, y así lo “borramos” de nuestras vidas, y la sociedad define otro tanto, aunque el efecto sobre el sujeto sea tajante y sin atenuantes.  Ese entramado social es el sustento del individualismo en cada condición que el sujeto tenga.  Algunos se ganan un sitial en la memoria colectiva, no tanto por lo que dicen sino por lo que hacen, aunque en el caso del escritor, el decir y el hacer son uno solo. 
La mesa está llena de manjares servida, cada uno la aprovecha según lo que aún queda.  Ojalá que la poesía logre salvarse, como una tajada de esas que no se borran por lo gustosas. Tal vez la huella del verso vuelva a ser ese vestigio y sirva como la guía del camino o como regocijo en él, pero no para anclarse y quedarse allí.  Hay que avanzar al ritmo del orbe.  Es voluntario, lo sé, pero me insto a vibrar con el canto del mundo que lleva en sus alas la propia vida.

Francisco Pinzón Bedoya ©
17-18/VII/2014







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