SENTIRES EN MÍ MENOR

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Libro de Poemas de Francisco Pinzón Bedoya - lanzado en noviembre de 2017

jueves, septiembre 20, 2018

Carné de Aprendiz

Carné de Aprendiz
“Ya me atrevo a superar la poesía”
Entrevista con Francisco Pinzón Bedoya

Cuando me entrevisté por primera vez con el ingeniero Francisco Pinzón Bedoya, en la cafetería del edificio El Paraninfo de la Universidad de Antioquia, él acariciaba un proyecto de libro de poesía que quería que la Fundación Arte & Ciencia le publicara. Desde ese momento percibí en sus textos una sensibilidad musical. Leí sus versos, avanzamos durante varias reuniones y alcancé a proponerle dos ilustraciones para la portada del libro, elaboradas por Saúl Álvarez Lara. Era el año 2004 (si mal no lo recuerdo). Pero cuando íbamos a entrar de lleno en el proceso de edición, después de cinco meses de relecturas y conversaciones, él desapareció. Aún conservo las bellas portadas de Saúl. Aquella primera experiencia me anunció a un hombre tímido, riguroso y que necesitaba tiempo. Pasaron 15 años para encontrarnos de nuevo, pero esta vez no venía con versos, sino con otro propósito muy definido: quería aprender a narrar, a escribir cuentos.

La poesía sin estética no lo convencía y creía, como Stevenson, que la prueba de fuego de la poesía está en la prosa. De esta forma ingresó al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo que se reúne los sábados, y se entregó por completo a la aventura de aprender a leer y a escribir de nuevo, que son las máximas búsquedas del Grupo. Le atrapó la propuesta de llevar un Diario literario, de atreverse a leer con otros faros a los grandes maestros y de explorar con mirada crítica los propios ejercicios escritos y los de los demás. Y este aprendiz cayó bajo el embrujo de esa libertad de leer y escribir sin los patrones academicistas, desbaratando títulos, escarbando primeros y últimos párrafos, torciéndoles el camino a los personajes para jugar a nuevos destinos, y probando nuevos desenlaces. En esa fragorosa atmósfera desmitificadora, se ha atrevido a compartir varios de sus escritos que llenan de entusiasmo sus ojos y despiertan el interés de los contertulios.
En la presente entrevista nuestros lectores podrán percibir en qué va la riqueza de su búsqueda, el ahorro de palabras para ensanchar las sugerencias y su alegría de aprender a aprender, porque no quiere “olvidar de dónde vengo y qué soy”.


Francisco Pinzón Bedoya. “Tolimense de hechura Caribe. Ingeniero en ejercicio durante más de 40 años, desde Bucaramanga hasta Medellín donde echo raíces. Soy el resultado de una búsqueda de ser en letras y en pétalos, como expresión de mi sensibilidad profunda, además de padre, esposo y buen amigo de muy pocos. Amante de la salsa, el son, el vallenato clásico, y el ron o el whisky”.

 P. ¿Cuál es tu gracia?
R. Tomo riesgos, asumo la vida como llega y pongo un sello en lo que escribo y enfoco: poesía y belleza. En imágenes, navego por el ensueño de la mirada distinta de las flores que me rodean. A eso le sumo mi compromiso conmigo mismo y mi espontaneidad para compartir.

P. ¿Y tu desgracia?
R. No saber tocar un instrumento musical: mínimo, la guitarra, y no cantar como yo quisiera, mi voz nunca tuvo el tono de mi voluntad. Hubiera querido musicalizar algunas de mis poesías, ya que me precio de tener un excelente oído.

P. ¿Crees que has avanzado como lector, como escritor? ¿Por qué?
R. Como lector aún mantengo el mismo ritmo de siempre y debo disponer de más tiempo, que ya llegará, Aún no avanzo como quisiera para ser más universal. Lo que sí tengo claro es que debo ser selectivo.


Poema de Francisco Pinzón Bedoya publicado en la edición 96 de EL PEQUEÑO PERIÓDICO e incluido en la antología La última página, con motivo de los 30 años del periódico.
Como escritor, ya me atrevo a superar la poesía, a abordar el relato y el ensayo, aunque persigo con limitaciones el cuento y mucho más lejos, para un mañana, la novela. No me limito sólo a lo que me gusta pues he empezado a tocar temas a los que le huía por temor o dolor, como la muerte o el suicidio.

P. ¿Cuál fue el primer libro que te impactó?
R. En 1975, el primer volumen de Archipiélago Gulag del escritor ruso Aleksandr Solzhenitsyn. Es una ironía porque es un conjunto de historias sobre la represión en la URSS, conseguido a través de los compañeros de la Juventud Comunista (Juco) en la universidad, como el gran boom que desenmascaraba al otro imperio. Gulag es miedo y todo lo que estar bajo el régimen conllevaba. Lo curioso es que del impacto sólo recuerdo el dolor que me transmitieron esas torturas que ahora se parecen a las que padecieron los detenidos de los campos de concentración nazis o los que se padecen en Guantánamo.

P. ¿Cuándo comprendiste que eras un aprendiz?
R. Desde mucho tiempo atrás en mi desarrollo profesional, pero como escritor desde que me atreví a mis 41 años a escribir poesía. Creo que siempre he sido un aprendiz, explorador, escudriñador, desentrañador. Ha sido una dedicación de tiempo completo. Leo de manera selectiva y me doy el permiso de dejar de leer aquello que no me mueve ni me enriquece. Desde este año, he ingresado en un plan estructurado para aprender a ser cada vez un mejor aprendiz, en donde no haya textos vedados ni altares o dioses que no se puedan analizar, desmembrar y hasta copiar, para los fines de ser un escritor.

P. En casi todos los textos que has compartido en las sesiones del Grupo se nota una lucha entre las figuras poéticas y la narración. ¿A qué se debe?
R. Soy un poeta de tiempo completo, romántico, ensalmador, amante, travieso, curioso y atrevido. Quiero aprovechar eso para relatar y contar, bajo la esperanza de llegar a textos bellos, bajo el supuesto de que podré pronto disponer de más tiempo para ello. La lucha es que me mueven las estructuras descontaminadas de reglas y de miradas que consideren el lector, ahora, como narrador debo tener en cuenta: para qué, por qué, para quién, y qué y cómo escribo. Por ello, quiero adquirir más capacidades para contar tanto de lo que aún tengo por decir, de lo que sé y de lo que no sé.

De su libro Sentires en mí menor

P. ¿Has publicado ya algún texto narrativo?
R. Sólo aquellos que autopublico en mi 
blog pero hasta ahora, en libros, sólo mi poesía. En algunas revistas internacionales he hecho ensayos sobre algunos otros temas, pero la narración no es algo nuevo, sólo que debo enfrentarlo porque hasta ahora me ha sido esquiva, por no decir que difícil. Tengo varios intentos que seguiré puliendo o destrozando, no lo sé. Debo lograrlo, sé que puedo.

P. ¿Preparas alguna publicación próxima? ¿Podrías adelantar algo?
R. Preparo un libro de poesía erótica y otros de talantes diversos donde vuela algún título ya, con la alegría de mi editorial y la mía propia. De un tiempo para acá derivo por textos en italiano y quiero traducirlos, poco a poco voy regalándome belleza que otros han dejado para mis ojos.


P. ¿Cuál de tus textos te ha exigido más trabajo? 
R. Hay un texto narrativo que lo he escrito como 17 veces y siempre me queda “cojo”, y en parte porque quiero ser un buen Aprendiz de Brujo a ver si lo exorcizo y lo logro como yo me imagino que debe quedar. El primer borrador nació en 2001 y aún le hago versiones. No lo he superado, sigo viviendo con mi personaje y su historia allá a la orilla del mar Caribe.


P ¿Te persigue algún tema en especial?
R. Sí, varios ligados entre sí: el mar, el amor, el erotismo, la piel, y algunas reflexiones para trascender cosechadas en mis 62 años de vida. De igual manera, mi familia ampliada y mucho de lo que me rodea y me hace feliz o infeliz o me es indiferente, sobre ello también quiero escribir.


P. Si tuvieras que viajar por los desiertos de La Guajira durante un mes y sólo te permitieran llevar uno de tus textos, ¿cuál llevarías?
R. “Esos patios de mi viejo”, poema que narra la historia de mi familia en Santa Marta, para no olvidar de dónde vengo y qué soy.


P. Para evitar que te obliguen a hacer de arriero por los caminos ancentrales de Antioquia durante medio año, si no destruyes uno de tus textos, ¿cuál escogerías?
R. Algunos de mis primeros poemas rimados de hace veintitantos años. Ellos me hacen recordar esas épocas en que crecía al lado del siglo de oro español y otros más, que me llenaron de “cantaítos y gorjeos” que ya nada me dicen.


En una sesión sabatina del Grupo Literario El Aprendiz de Brujo (foto archivo)

P. ¿Cómo consideras la relación de la poesía con la literatura?
R. Siempre he considerado que la poesía es parte de la literatura, entendiendo ésta como el arte de la expresión escrita o hablada, donde creo que la lírica, la narrativa y el teatro forman parte de ella; bajo conceptos universales de estética y alegría. En cualquiera de las clasificaciones que se hagan siempre estará presente la poesía como expresión suprema de lo bello. Lo que sí tengo claro es que poesía sin estética, no existe o no es poesía.


P. Asistes al Grupo Literario El Aprendiz de Brujo, ¿por qué?
R. En un principio, asistir fue la disculpa para tener un ámbito en el cual compartir mis letras y obtener algún tipo de retroalimentación. Ahora, ya parte de un colectivo con aspiraciones mayores, soy un seguidor con ojos de asombro que disfruta del talento de tanta gente en cada sesión, como un niño con su regalo escaso e irrepetible que pidió durante tantas navidades.


P. Te piden como pasaporte al paraíso terrenal que escribas una autobiografía que no sobrepase cinco renglones, pero que muestre lo más desabrochado de ti… ¿Podrías compartirla?
R. Tolimense de hechura Caribe. Ingeniero en ejercicio durante más de 40 años, desde Bucaramanga hasta Medellín donde echo raíces. Soy el resultado de una búsqueda de ser en letras y en pétalos, como expresión de mi sensibilidad profunda, además de padre, esposo y buen amigo de muy pocos. Amante de la salsa, el son, el vallenato clásico, y el ron o el whisky.




P. ¿Qué tan importante ha sido para ti llevar un diario literario? (algo de historia de tu experiencia)
R. Libertad de decir, en el momento en que llegan las ideas o las inquietudes, sin barreras ni restricciones ni reglas preconcebidas. Es un repositorio de chispazos y ocurrencias. Como es personal pues no está sujeto a ninguna mirada, a ningún juicio. Materia prima de escritos mayores o ideas que se gestan.


P. ¿Podrías compartir unos tres o cuatro apuntes cortos de tu diario?
R. Aquí van…

• Ellos llegan y tocan un timbre ruidoso: ¿está el doctor? Las respuestas varían entre un sí y uno no, y un para qué lo necesita. Es una variedad de rostros, toses y necesidades. Las dos señoras jubiladas que desesperan y en turnos salen a la calle a fumar o a llamar por celular, hablan todo el tiempo. Una pareja dispareja parecían como hermanos, hasta que una caricia cuando uno de los dos entró al consultorio delató la afinidad. La señorita que atiende la recepción, recién bañada, tiene una cara de aburrimiento que pronto cambia por una auténtica de “no me importa ni lo uno ni lo otro”, cobra, devuelve, hace pasar a los pacientes, atiende tres teléfonos que no paran de sonar, y abre y cierra la puerta a distancia con un ruido que hiere los oídos. La pareja vuelve a sentarse porque el otro como que también tiene cita. Se ponen más melosos o cariñosos y hay que voltear a mirar para otro lado. Sólo yo escribo y escribo, tal vez en un afán de mover la mano y dejar que algo quede de esta espera que llena de desespero mi cuerpo, porque debo ir a mi taller de escritura y el doctor no llega, ya tiene 66 minutos de retraso.

 Y uno queda suspendido en una mirada de asombro frente a letras que son impactantes, no sólo por la belleza, la pulcritud y la precisión para describir el movimiento y la atmósfera de un cuento, sino por la creatividad de imaginar adjetivos preciosos en lugares impensables desde las formas que oigo desde mis reminiscencias del Caribe hasta otras llenas de vida y del espíritu del escritor. Sólo fomentan una pulsión por seguir leyendo y por atrapar las enseñanzas de esos grandes que me han precedido. El siempre presente Nobel 1982 y hasta otros como Bolaños, Daniel Pennac o Manuel Mejía Vallejo.


• Imágenes en movimiento rondan mis recuerdos: Juancho y sus gritos mientras se tiraba de la volqueta sin parar, cargada de arena mojada recién sacada de la quebrada Tamacá, para atrapar por el cuello una gallina a la orilla del carreteable, y el consiguiente grito de “¡Hágale, Patrón!”; las chivas del señor Espejo subidas en los árboles y comiéndose todo a su alrededor con su olor almizclado característico, donde la bolitas de caca eran el denominador común; la vida fluyendo en la calle con el golpe de la tapa de una carretilla ofreciendo desde pan fresco y caliente hasta la música de la dulzaina o del xilófono anunciando el servicio de sacarle filo a los cuchillos y a las tijeras, cuyos artesanos mi padre odiaba porque “¡Lo único que hacen es dañarles el filo porque no usan piedra sino un esmeril! ¡Esos ni siquiera de eso saben! ¡Charlatanes, tumbadores!”

• Veo sombras alteradas en el piso brilloso de la calle después de la lluvia de toda la tarde. Ya casi anochece. De pronto, por un movimiento de humanos detectado por la mirada periférica del rabillo del ojo, me sobresalto. ¿Por qué sólo sombras de personas si no está transitando nadie? ¿Será que algunos la han perdido? ¿Es posible que hayamos llegado a esos extremos? He de revisar esos sonidos que llegan en la noche, de risas y de llantos, provienen de alguien, no vaya a ser que se queden pedidos en este aire sin dueño.


Medellín, agosto 24 de 2018











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