SENTIRES EN MÍ MENOR

SENTIRES EN MÍ MENOR
Libro de Poemas de Francisco Pinzón Bedoya - lanzado en noviembre de 2017

viernes, agosto 09, 2019

El canto estrepitoso de tu risa


"Tu voz me conmina"
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EL CANTO ESTREPITOSO DE TU RISA

Toma tu mano y llévala
al sitio exacto de tu voz
para que deje salir la risa
y esos gorjeos que masajean
la parte más blanda de tu alma

Deja que sean tus ojos quienes tengan
-bajo la luz del último suspiro-
ese pentagrama esquivo y necesario
de la carcajada sin permiso

Ten a mano otros más de tus lamentos
y dales el adiós supremo / ese adiós de enero /
para que sea el color y el sonido inmenso
quienes laven tus lágrimas de olvido

Trata de oír tu voz de profunda caracola
y el tam-tam enniñecido de tu pecho
para que entres libre de oscuridades
a tu sitio / a ése donde moran
los giros más batientes del abrazo

Todo ello / todo ello
para que te ocupes de esa alegría
que llega en medio de la tormenta
-envuelta en sus fusas terribles y corcheas-
para llevarte a otro estado / a otra esfera
una de la dicha misma... sin tus miedos
y entonces -sólo entonces-
podrás gritar: “¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo!”

Francisco Pinzón Bedoya ©
























lunes, agosto 05, 2019

Divagamos

"Así como cuando decides tomarte tus fotos desnuda"
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DIVAGAMOS

Muerdo tus poros
que respiran ternura
Te asesino en frías noches
desde mis sueños incendiarios
Quebranto ese final ahogado
y me salen focos y esperpentos
de la boca sanguinolenta

Me sorprendes / ¿Exagero?
Me tienes / ¿Me libas?
Vas conmigo a parajes insospechados
con tu falda de colores de trópico
donde hay un sinfín de esperas
y luces que vitorean el momento
en que nuestro canto se vuelve arco iris

Y por eso... en la distancia
llevo en mi mochila
ese cúmulo de arpegios
en que danzaremos
allá donde nadie espera
la faz del temple de la vida
cerca de nuestra pequeña muerte

Francisco Pinzón Bedoya ©










viernes, agosto 02, 2019

Murphy


"Para reescribir la vida, en colores"
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MURPHY

La luz que le daba en los ojos, por un instante, lo paralizó.  No pudo detectar con claridad hacia dónde disparar su cámara.  Aquella oportunidad de hacerse un famoso reportero se le había ido.  Debía volver a deambular en bus y seguir buscando el fotorreportaje que lo sacara de esa buhardilla de ladrillo descascarado y techo de zinc, donde escondía el hambre.  Se bajó al extremo de la ruta de aquel lupanar y se devolvió a pie, escondido de las miradas.  Le llamaban los aullidos, las peleas, los golpes, los gritos, los llantos: eso era lo suyo.  Le era imperioso y vital captar esa escena de primera página.  En esta época electorera, los tumultos y los discursos eran su mejor opción.  Al final, sólo suciedad, recicladores recogiendo su sustento, perros famélicos y viciosos.  Más tarde aparecerían prostitutas, pero no se quedaría.  Nada qué resaltar.

Ya se dirigía a tomar el próximo bus para el barrio, cuando un sonido explosivo, producto del choque de una gran camioneta de vidrios muy oscuros contra un pequeño automóvil gris, lo hizo voltear.  Aún el auto estaba en el aire cuando él salió corriendo, enarboló su cámara y cuando miró por el visor, allí estaba lo buscado: llamas, policías escoltas derrapaban con chispas por la avenida, visibles las matrículas y hasta el rostro de angustia y sorpresa de la otra conductora que volaba.  Disparó pero no oyó ningún sonido de clic.  Su estómago se contrajo.  El miedo ya le avisaba de algo: se le había acabado la pila a su cámara.

Francisco Pinzón Bedoya ©
22/VI/2019