jueves, diciembre 20, 2007

GRITO EN LOS PRETILES



Álvaro Jiménez Guzmán*, su creador. “Entre el dolor y la esperanza” es el subtítulo que adorna esta recopilación de crónicas callejeras y ciudadanas, retratadas con ese estilo propio con que algunos más conocedores han permitido, año tras año ya, que sean publicadas. Son descripciones poéticas tan cercanas a él y a nosotros sus amigos de esta Colombia rupestre, que aún sangrante y hermosa, guapea y baila por las calles. Cada parte es un tributo a ese mirar “desde el pretil” los hechos que para muchos pueden ser noticia, pero que para Álvaro han sido el reflejo de la presencia permanente de los contrarios, vida y muerte, en simultáneo. Este libro auspiciado y rubricado con el respaldo de la Fundación Arte & Ciencia, es el tributo propio de su autor por legarnos su propia versión testimonial de la vida bella que pasa al lado. Tiene, elegantemente engarzados, epígrafes de poemas que han ya descrito cada una de sus crónicas y que me llegaron a tocar con toda la perversión que se genera en mi alma cuando de versos se trata. Es pues un esfuerzo hermoso, bien logrado y que dice que las pequeñas hazañas están en cada hombre que las libera para que, en este caso en letras, nos lleguen con su toque sutil. Este cereteano, ensamblado en Medellín, con cuerpo de luchador y trabajador ya en uso de su buen retiro, merece desde esta tribuna, casi privada, mi admiración, mi respeto y mi felicitación: “!Ya tuviste el libro, ya tuviste el hijo y sé que has plantado árboles en tu paso por la madre tierra, sólo te falta seguir deleitándonos con tu pluma que no se puede dejar encajonar entre los límites de los centímetros cuadrados que te asigne un periódico, tal vez volar y llegar a publicar lo que tienes en el alma!. ¡Gracias Álvaro!”


Álvaro Jiménez Guzmán* es economista y hoy trabajador en su propio mundo, colaborador asiduo de El Pequeño Periódico, órgano de quijotesca difusión cultural como reflejo de que las utopías aún son posibles. Quienes quieran obtener su libro, por favor dejar aquí su comentario, interés o la señal que sea que como podamos lo contactaremos. Apoya una buena causa, regala un libro de un ilustre desconocido.


Con el permiso del autor reproduzco una crónica hecha a Raúl Gómez Jattin, nuestro poeta colombiano que dio y dará tanto por hablar:

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Y ardió Raúl



Por Álvaro Jiménez Guzmán



Publicado en EL PEQUEÑO PERIÓDICO No 77, Junio de 2007, pág. 12



Caótico y demente en el vivir, equilibrado y lúcido en su poesía, fue clásico y transgresor al mismo tiempo, renunció a la simulación, bajó a los inflemos, narró en verso la crónica de sus tormentos y se reinventó así mismo a través del dolor.


Heriberto Fiorillo



Después de haber compartido algunos momentos de mi infancia con Raúl Gómez Jattin en el patio de su residencia del barrio Venus, en Cereté, me reencuentro con su espantosa historia en Arde Raúl, un libro de Heriberto Fiorillo, donde describe con crudo realismo su escabroso ascenso y doloroso derrumbamiento hacia los infiernos de la locura. Sus aciertos en la inteligencia y los desaciertos en su locura que fue adquiriendo, condujo a no pocas confusiones en el terreno de su vocación artística. Los dolores del poeta Gómez Jattin empiezan desde su tierna infancia. Durante largos años sus padres se turnaban día y noche para echarle fresco al pequeño asmático, o por la angina de Krup, u mal que apretaba su garganta y lo ahogaba. A estas peripecias de la salud se sumó la discriminación social, años atrás, por un supuesto adulterio cometido por su madre y que nunca existió, dentro de otro matrimonio, y porque sus padres eran mal vistos por no ser casados, en medio de una sociedad pacata y de falsa sensiblería. Su condición enfermiza y el resentimiento social lo privaron de sus juegos en la calle y en cambio lo encerraban para que se sumergiera en la cultura de los clásicos griegos. Sobreprotegido en exceso, lo consentían, su mamá lo vestía y lo perfumaba, y él aprendió a quererse demasiado. Varios años después diría, a manera de rechazo: “¿Quiénes eran esos viejos cariñosos y terribles que me encarcelaron?”



Según testimonio de Carlos José Reyes*, Raúl Gómez Jattin llegó a Bogotá a estudiar derecho en la Universidad Externado de Colombia por presión de su padre, porque la realidad era que él no sabía qué quería hacer: si estudiar derecho, escribir, o hacer algo de arte. Más tarde decidió también hacer teatro y se destaca como actor. Durante el despliegue de esta vocación se compenetra tanto con la vida de una compañera de dramaturgia que, cuando ésta viajó a Checoslovaquia aun encuentro de juventudes y se enamoró de un africano y se fue a vivir a Angola, Raúl se sintió profundamente solo. Fue cuando empezó su verdadera tragedia. “Yo tengo la sensación de que su entrada a fumar marihuana tuvo mucho que ver con la ida de Tania, como si se le hubiese desconfigurado un cierto polo a tierra que tenía con ella”, dice Carlos José Reyes.** Raúl y Tania tenían una relación entrañable pero no eran pareja. Igual ocurría con otras relaciones profundas que mantenía Raúl, como de hermano o de protector, de donde se desprende la consideración de que Raúl era un ser indefenso en el mundo, que necesitaba de alguien que lo protegiera. Necesitaba reproducir, en parte, esa relación emocional y edípica que mantenía con su madre allá en Cereté: quien le seguía dando pecho a un hombre de veinticinco años como si fuera todavía un bebé. Por eso decía, en sus momentos de abatimiento, que amaba y odiaba a su madre, quien tuvo que huirle porque la persiguió cierta vez bajo uno de sus arrebatos para matarla.



Por este gran vacío en su personalidad parece empezar la verdadera tragedia de Raúl Gómez Jattin: consume la marihuana hasta llegar a intoxicarse. Luego se enamora de varios compañeros bajo el influjo de los amores platónicos homosexuales de la cultura griega, sufre asalto sexual femenino, muy horrible para él porque prefería el amor masculino. Confiesa luego que quiere morirse cuando un compañero de estudios lo rechaza furibundo porque él pretende amarlo, y se refugia en un frasco de valium para mitigar sus nervios.



Más tarde, cuando se entregó a la filosofia y poesía de Rimbaud, parecía estar loco, según testimonios de sus propias amistades. Sostenía el autor francés que “El poeta se hace vidente por medio de un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Él mismo busca todas las formas del amor, del sufrimiento, de la locura; él mismo consume todos los venenos, para no guardar sino sus quintaesencias. Inefable tortura para la cual requiere de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, y en la cual se vuelve entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito... ¡y el supremo sabio! Porque ha llegado a lo desconocido”.*** Entonces el poeta Raúl Gómez Jattin pasó del ácido lisérgico a la cocaína, a las anfetaminas, a la heroína, a la mezcla de psicotrópicos impulsado por una desesperación aniquiladora que finalizó cuando probó muchos hongos. Fue cuando habló de una visión dominante: que él era un mamífero recién nacido y no podía chupar mango. Y cuando dijo que se había visto hablando con otro como él cambió para siempre y nunca volvió a ser el mismo. Y en el papel por agudizar su temporada en el infierno, exalta el papel del hongo stropharia y de la marihuana “en la construcción de su propia vida”, y que “la poesía colombiana de la próxima década dependen de esos hongos sagrados”. En medio de este dramático cuadro, con un complejo de Edipo no superado, sobresalió como estudiante de derecho, se destacó como actor de teatro y transitó luego por su poesía desencantada como un reconocido poeta de masas en Colombia.



Pero si la locura la veía él mismo “como sabiduría e iluminación, fuente de donde provienen la esencia del impulso creador y las obras de arte”, ¿por qué (si) “la excepcional inspiración de Raúl se habría ido apagando conforme la enfermedad de la locura, el tormento de sus fantasmas incontrolables, venía progresando?”. Es contradictorio este planteamiento cuando parece haber una apología sobre su locura como método para la creación. Carlos Alberto Jáuregui, citado por Heriberto Fiorillo, ha dicho que un lugar común de la “crítica” ha sido la mención, sin mayor análisis, de la locura del poeta, dando por hecho una relación entre ésta y la creación poética, como si se alabara no a la lucidez sino a la afición por las drogas, los síntomas de esquizofrenia y la agresividad sin razón aparente. ¿Está la obra poética de Raúl Gómez Jattin indisolublemente ligada a su locura buscada a través de la drogadicción? ¿Por qué su obra se explica necesariamente asociada a su desajuste emocional? ¿Es razonable el pensamiento de Rimbaud en el sentido de que para tener lucidez poética hay que volverse loco consumiendo todos los venenos? Era la nota predominante: la asociación de su obra con el desvarío y la droga. Dice Jáuregui que el poeta, en medio del incienso de sus aduladores, contribuía a confirmar este cliché con una actitud marginal que lo erigió en el “poeta maldito” de la clase media intelectual.



El síntoma contundente de que a Raúl le estaba realmente empezando la locura se dio porque oía voces, oía gente, daba gritos. Vivía una profunda depresión que estallaría con la muerte de su padre. Desaparecida la figura paterna como símbolo de la norma, Raúl inicia una cadena sistemática de actos vandálicos contra su familia horrorizada, amigos y vecinos, en Cereté y pueblos cercanos, en Bogotá y Cartagena, rubricándose su estado esquizo-afectivo y adicto a las drogas: explicación de su doloroso y agudo desajuste emocional. Entre penitenciarias, cárceles y hospitales siquiátricos, Raúl ardía en la profundidad de su locura buscada. De neurótico pasa a paranoico y sicótico: se atormenta, llora, grita y no se reconoce en el espejo cuando dice que se le está cayendo la piel y se le están saliendo los ojos.



Varios años después, sus amigos observan a un Raúl Gómez Jattin muy distinto: había dejado de reír con el desparpajo de sus legendarias carcajadas. Sufría de akinesis, una enfermedad hereditaria originada en el excesivo cruce de genes similares entre parientes árabes, agravada por la droga que le engarrotaba los brazos. Lo veían con inmenso dolor porque había sido un ser simpático, de buen humor, de conversación agradable, un hombre afeitado, bien peinado, de buenas maneras, ni obsceno ni vulgar, una persona muy cultivada, de extraordinaria inteligencia, profesor excelente de bachillerato a los quince años, de una personalidad avasalladora, innovador en la poesía colombiana según la voz autorizada del poeta antioqueño Jaime Jaramillo Escobar. La hamaca era su trono, su escenario, su nave. De una memoria fabulosa: se sabía más de mil canciones con sus respectivas letras. Solía recordarle a una amiga pintora que Borges decía que cada día estamos un instante en el paraíso, y que la pintura enseña a la gente a mirar la vida. Pero después el amor ya no le interesaba y decía, con Stendhal, que era una enfermedad. No se amaba a sí mismo. En él cabalgaba la triste figura del sabio y del enfermo: desgreñado, sucio, con la misma ropa de varios días, descalzo, hediondo a excrementos, sin dientes, devoraba varias veces al día, a pie, los diecisiete kilómetros que hay entre Cereté y Montería. Toreaba los carros, en un peligroso juego de vida o muerte, en las vías públicas. Cuando no quemaba el colchón en algún hotel, pintaba las paredes del cuarto con sus excrementos. En medio de su locura cantaba, se volvía travesti y no respetaba barreras sociales normales. Era consciente de su crisis pero no se acordaba de lo que hacía cuando estaba loco.



La noche anterior a su muerte le regaló a un amigo un caballito de mar, un animal hermafrodita con el que se identificaba y por el que sentía especial predilección. Dejó “el cascarón de su cuerpo” atropellado por un bus en una vía de Cartagena y no se sabe si el poeta se suicidó o si murió accidentalmente. Aunque había leído con deleite un libro sobre las distintas formas de quitarse la vida, “su miedo a la muerte era tan fuerte como su deseo de morir”. Raúl Gómez Jattin se sintió asediado por la muerte desde su más tierna infancia: temía morir ahogado mientras gritaba que le dieran aire para salvarse en medio de sus agonías asmáticas.



Por ello, haber leído Arde Raúl y parcialmente Ángeles clandestinos, produjo un dolor inmenso en mi alma: sus amigos y extraños no comprendimos su terrible soledad. ¿Me originó su triste biografía, acaso el “frenesí de los sentidos” de que habla Juan Gossaín a propósito de la lectura? La lectura es una pasión del ser humano, pero ¿constituye siempre un placer? Hay libros que nos perturban profundamente, y, al decir de Franz Kafka, “como la muerte de alguien a quien amamos más que a nosotros mismos, como el suicidio. Un libro debe ser como un pico de hielo que rompa el mar congelado que tenemos dentro”. Entonces leer no siempre genera placer en el sentido hedonista de la palabra, como suelen señalarlo algunos de manera olímpica. La lectura de estos libros hace doler el alma porque Raúl Gómez Jattin “nació y creció al norte de un país desatinado que hace suyas las insensateces del mundo y baña en sangre sus propios desvaríos”.



* Ángeles clandestinos, José Antonio de Ory. Reproducido parcialmente por la revista El Malpensante No. 56, Bogotá D.C., Agosto 1 -Septiembre 15, 2004, pág. 34.


** Íbid. Pág. 41.


*** Arde Raúl, pág. 93.



Fuentes:


- Arde Raúl. Ediciones La Cueva. 2 Edición. Febrero 2004. Bogotá.


- El Malpensante No. 56. Lecturas paradójicas. Agosto 1- Sept. 15 de 2004.





1 comentario:

lavejezesunamierdanomeesperen2 dijo...

Gracias; muy interesante tu critica acerca de "Arde Raul". Acabo de ordenarlo en Amazon.com. hace un par de meses estuve de nuevo en Bogota y no lo vi en los anaqueles, que alstima no haber sabido de la existencia de esta biografia en aquella ocasion.. A proposito, de casualidad conoces alguna otra acerca de Raul Gomez Jattin ?