En mi país, Colombia, hay un pueblo enclavado en las serranías cercanas al mar Caribe, San Jacinto, donde se fabrican hermosas hamacas coloridas , las cuales son su símbolo. La tradición de una raza tejedora, se enclavó en esa serranía siendo San Jacinto el de mayor relevancia. La promoción de esta tradición la promueve el Estado con frases como “Hamacas de San Jacinto: el arcoiris recostado entre las palmeras”.
De dicho aditamento dice:
“La hamaca, una red de hilos entrelazados, de múltiples colores, que podría ser un arcoiris recostado entre las palmeras, es un producto artesanal que encontraremos como un elemento obligatorio de las casas en todos los rincones de Colombia, especialmente en la Costa del Caribe y en todas las regiones del clima cálido.
La hamaca sirve de cama, sofá, columpio y, hasta, de cuna para los bebés, pero, para los que probaron la comodidad de nuestras hamacas colombianas, la diferencia entre la cama y la hamaca resultará enorme.
La cama nos obliga a coger su costumbre, ajustándonos a ella, buscando el reposo en una sucesión de posiciones. La hamaca toma nuestra hechura, contaminase con nuestros hábitos, repite, dócil y suave, la forma de nuestros cuerpos. La cama es dura, parada, definitiva. La hamaca es acogedora, comprehensiva, ondulante, acompañando, tibia. […] La hamaca colabora con el movimiento de los sueños. Entre ella y la cama, hay la distancia de la solidaridad a la resignación. /Luis da Camara Cascudo. Rede de Dormir/
La hamaca de colores /Fotografía: Mario Carvajal
La hamaca es un elemento propio de las costas colombianas donde el clima del trópico hace de ella el sitio ideal para descansar al aire libre.”
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Todo esto con el fin de ilustrarles sobre esta tradición que en un paso de mis andares por esta tierra, en una de mis tantas vacaciones, dio origen al poema que les presento. Estaba yo terminando mi almuerzo, a orillas de la carretera que conduce al Mar Caribe desde Medellín, donde vivo, y alelado me quedé viendo a un señor de edad indefinida totalmente imbuído en su oficio de tejedor, y aquella imagen y sus trazos sus “enredos” de hilos de distintos colores y calibres me tomaron por asalto, especialmente porque al otro lado del telar que acompañaba aquel taburete en que descansaba su flaca humanidad humeante de tabaco, iba apareciendo como magia “un arco iris que invitaba al descanso”, es decir, de las magias que hacen manos, tintes, amor y algodón. Y en otra silla tejía el cabezal, que son los hilos fuertes que sostienen la tela para poder disfrutar de su encanto bamboleante "entre palmeras".
En la siguiente oportunidad, ya instalado yo en la comodidad que da el ruido del mar y el ruido de las palmeras, y hasta el bullicio lejano de personas en tropel, escribí este poema que les presento:
Sobre una tela paloteada
que ignotos tejedores hicieron
el eco de la rueca sin hilos
asalta los carretes del desorden
El troquelador de sonrisas
pinta cada gesto de su gusto
Sus manos sin prisas de motivos
ensamblan colores sin mirarlos
Su taburete de cuero
recuesta su añeja eternidad
en el marco acalorado de la puerta
hamacadamente diluviana
mientras mágicamente brotan
los cabezotes en que tirarán sueños
aquellos batientes que a sus anchas
nos habremos mecido...
sin tiempos ni distancias
Saltan sus únicos pretextos
desdentados tras un cigarro mayor
y unos ojos vistosos de niño travieso
en brega juegan a descifrar
las hebras de las hamacas...
de toda su nostalgia
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Nota: Imágenes tomadas de la Web, de sitios que promocionan estas artesanías.
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Y para no irme sin mostrarles mi imagen de este tema:
"Tejedor"
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