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viernes, mayo 30, 2008

Digresión sobre la blogosfera

Apareció internet y la tecnología de almacenamiento de datos se volvió accesible y hasta libre para los comunes de los mortales, y se abrió de pronto el cielo para decir, para mostrar, para ser “ante el mundo” (así sólo sean lo ojos de quienes se asoman obligados) lo que se quiera. Entonces, se generó ese caldo de cultivo que son la bitácoras o los BLOGS, esos espacios personales donde cada uno tiene la libertad decir y de subir todo aquello “que le dé la real gana”. Se abrieron las compuertas de un mundo limitado hasta hace muy poco a los gomosos de “html” y a aquellos cuyos conocimientos se lo permitían, entonces, era una élite de personas que conocían cómo usar una herramienta mas muchas veces no sabían para que servía, entonces, llegó alguien y las puso en forma “amigable” para todos creando una generación espontánea de personas que queríamos expresarnos.

Ese deseo encierra calificativos que van desde banal hasta déficit, desde exhibicionismo hasta necedad, desde necesidad hasta fanfarronería, desde conspicuo hasta fabuloso, en fin, como dice alguien sobre el tema, hasta el mismo Sigmund Freud estaría revolcándose tratando de discernir sobre los motivos del “blogueador”.

Los blogs llegaron para quedarse y ya hay millones de ellos. Es un mundo virtual hecho a la medida de nadie y a la medida de todos. Los he visto –especialmente por mi preferencia- llenos de letras hermosas en sus contenidos y en coloridas ilustraciones, y otros no tanto. He visto que le permiten tanto al pequeño empresario hacer su publicidad al alcance de sus costos como a la señora que toda la vida ha hecho tejido de bolillo mostrar en fotos, imágenes y diagramas, lo que hace y lo que construye en su unicidad, y lo que quiere legar a otros para que su paso por el mundo alguien lo siga, es decir, enseñar lo que sus nietos nunca quisieron aprender. Los he visto llenos de los más estrambóticos gustos y hasta de los más recatados profesionales tratando de dar a conocer sus investigaciones sobre temas que pueden ir desde la influencia del latín y otras lenguas provenzales en este o aquel autor castellano del siglo XIII hasta quienes intentan timar a los incautos con pócimas para todos los dolores pasados, presentes y futuros. Los he visto como un vehiculo más de lo pornográfico y hasta de los vicios más innombrables y extravagantes, en temas que horrorizarían a propios y extraños de donde he salido corriendo. Los hay desde aquellos que sirven de vitrina para exhibir trofeos, "hobbies", promocionar deportes, reuniones de colegios o “proms”, clubes de la primera, segunda y tercera edad, poesía a la carta o no, promoción de ungüentos, calificación y descalificación de posturas, tendencias, partidos e ideas de carácter político… etc.

Y eso que mi mirada, estoy seguro, campea por los que están principalmente en español, algunos muy especializados en inglés y otros –los más sonoros- en portugués. Los Blogs rusos de fotografía son espléndidos, los blogs nórdicos de deportes extremos son excelentes, los blogs de mascotas son infinitos, en fin, hay tanta variedad como gustos humanos existan. De “las mil lenguas del mundo” no creo que haya alguna que no esté presente en la blogosfera, pues no creo que sólo haya permeado la atención de este universo que describo, sino que deben de haber muchos más universos donde ni siquiera me alcanza el poco tiempo disponible para ingresar. Por ejemplo, entiendo que hay blogs para hackers, para “curiosos de la informática”, para jugadores de azar, para hortelanos u horticultores, para profesores de ciencias exactas, para cienciólogos, para magos, para saltimbanquis y equilibristas, y para… toda la lista imaginable de actividades humanas. Entonces estamos frente a un fenómeno donde lo único que se necesita es ser un humano y tener conocimiento y acceso a internet para tener uno. ¿Es entonces esa la cristalización de ese mundo anhelado de la aldea global? ¿De las uniones y de las infinitas posibilidades? Nada hay más revolucionario en ese universo virtual. Qué importante saber que a pesar de que se han llamado “bengalas en manos de ciegos”, es la ventana para que las masas, en forma individual, dejen por un instante de serlo no importa si para su propio ego o para contagiar de su ego a los egos más cercanos y, de pronto, a los más lejanos.

Me gustó mucho, sobre este mismo tema, de Rolando Gabrielli su ensayo “Monologando en el desván de la blogsofera” (publicado por LETRALIA, en su edición de aniversario 12) cuando se atreve a proponer lo que debería ser un blog: “Un blog o bitácora debería ser una criatura sensible, infantil, llena de sentimientos, con los ojos abiertos y los brazos también, algo que no pese más que una pompa de jabón o una mota de algodón. No sé si existan los blogs o bitácoras pecosos, de mirada pícara de yo no fui. En la cadena montañosa de la información, con sus Himalayas, Kilimanjaro, Everest, Urales, Apalaches, los blogs o bitácoras son pequeños volcanes, más bien quitados de bulla, apagados y fugaces caminantes solitarios”, porque nos muestra que los blogs son el reflejo de la esperanza, de la ilusoria realidad de una luz de una estrella lejana, la luciérnaga que emitió luz en su infinitésimo antiguo y que aún todavía vemos, tal vez por accidente u otro azar buscado. Es ese sentir de que se puede dejar una huella misteriosamente ínfima para que otro ser pueda llegar a observar con arrobo y admiración como lo hace el astrónomo ante una estrella que murió hace millones de años pero que su luz ultima aún vive.

Además, la blogosfera está ahí y es un mundo con el que se puede interactuar. No es un ente pasivo ni hecho y terminado sino que se puede variar con tocarlo, es un poco el universo cuántico del alemán Max Planck hecho vida y evidente para manos y ojos profanos. Puede llegar a convertirse en el elemento vinculante de vida para blogueadores dispersos de todas las latitudes. Ojalá que en poesía sean cada vez más y que creemos una comunidad generosamente poética, donde los distingos de trofeos o estrellas o pergaminos brillen por su ausencia, y sea sólo la calidez del ser quien ilumine las interacciones. Algo fascinante que por fortuna me tocó en suerte disfrutar.

Francisco Pinzón Bedoya

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Se publicó el 29 de mayo de 2008 en el blog de la Editorial Letra Clara (España) como <"Digresión sobre la blogosfera”, por Francisco Pinzón Bedoya (desde Medellín)>

sábado, mayo 10, 2008

Libertad y Creación



Hola amigos y visitantes:

Otra vez me publicaron en Editorial Letra Clara de España, el pequeño ensayo sobre poesía que a continuación comparto.

Gracias Mayte y todo su equipo colaborador por ello.


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LIBERTAD Y CREACIÓN

Poesía como Adanismo y como símbolo de creación. Libertad como sentimiento que impele al poeta en su expresión de versear el mundo. El espejo y la máscara en manos que saben de poesía son “facetas de una misma predisposición a continuar metaforizando el universo a través de trazos profundamente humanos” como dice Rafael Fauquié Bescos. ¿Individualismo y grito creador? Tal vez porque en el fuero interno del vate hay rumores de melodías que sólo se oyen en sus oídos, unos que saben descifrar un código no inventado, un códice revivido desde la ancestralidad que le da a éste la unión con el universo en ese amplio espacio de su libertad: la de decir, la de crear con un lenguaje conocido lo que sólo él ve, lo que sólo él siente y decodifica.

A la vez que la voz del poeta crea la posibilidad de ser libre, también impone la responsabilidad de administrar la libertad frente a quienes le leen. Una voz que diga pero no se entienda ni llegue ni conmueva no es voz, es un simple decir. La poética de alguien lo debe distinguir porque al llegar se queda, no importa cómo, en el alma de quien con apertura le reciba. Debe obviar entonces el poeta la innegable realidad de que la poesía no es un instrumento ni un arte ni un aporte para las masas, es una realidad que sólo abre aquellas pandoras que algunos quieran abrir.

¿Qué tanto la “máscara” será la misma que le llegue a cualquier lector que se conmueva? Será una función, aun aleatoria, entre aquellos que ya hayan hecho la apertura a la poesía. Dependerá, en muchas veces, de las muchas condiciones de tiempo, modo y espacio con que se enfrente el encuentro por cada individuo; hasta de su estado de ánimo, es decir, de la disposición con que éste o el otro enfrenten el instante frente al poema. Hay lectores que toman una segunda lectura porque la primera no fue más que un abrebocas, otros prefieren quedarse con ese “beso primero” y hasta hay quienes la descartan porque no fue, o quienes la aplazan para cuando pueda ser. Hay algunos que dejan la lectura y degustación de este o de aquel poema para cuando existan esas condiciones indefinibles para hacerlo, a menos que la “vida real” se los impida, lo cual puede ser cualquier ajetreo. Otros en cambio, buscarán o hasta gestarán la oportunidad para estar cerca del vate y de su mensaje, tibio o llano, extremo o íntimo, cruel o púdico, meridiano o estrambótico. Y hay, en mayoría, quienes o ni siquiera conocen de su existencia y de las maravillas que en otros seres causa o simplemente ante su más mínimo asomo la descartan o selectivamente, conciente o inconcientemente, ni la escogen.

Si, como creemos sólo algunos, la poesía nos salva ¿por qué a algunos ni siquiera les asalta ni les ayuda? Tal vez porque el “verseo” o el “proseo” de los bardos no está en su sintonía de la vida ni en ese espacio que el alma tiene reservado para la belleza, las emociones sin retribución o lo trascendental; o en el mayor de los casos porque no saben de su existencia y nadie les ha llegado. Algunos también creen que la literatura es y debe ser “un arte trascendente volcado a la realización de grandes causas y consagrado a las más elevadas metas”, y entonces vuela y hasta por ello se escapa del pueblo, se escapa para anidar sólo en algunas esferas del conocimiento y del sentir, es decir en aquellos que tienen cierto bagaje y cierta predisposición de ánimo y clase de alma. De esas reyertas entre poesía verbalizada para grandes aconteceres y aquella llamada “antipoesía”, hay un tinglado que aún resuena, las voces de Nicanor Parra frente a Neruda y las sentencias de Huidobro: creo que la verdad no está en uno u en otro extremo sino entre los dos extremos, de la misma manera que no puede dejar de llamarse a alguna melodía como música simplemente por el hecho de no ser clásica o porque no me gusta. La vida es una serie continua cromática de aconteceres y no un mundo en blanco y negro, tanto que ni siquiera lo así llamado es en realidad un continuo proseguir de grises.

Termino esta divagación como sólo se podría ante este inexplicable tema: la poesía es en sí misma entonces, un arte inclasificable e indefinible como bien podemos decirlo, y es por ello que –como lo han manifestado miles de poetas entrevistados o no- cuando intentamos decir qué es no podemos pero cuando la vemos venir con sus vaporosas galas transparentes o pálidas sabemos que allí viene y que se va a posar en nosotros.



http://letraclara.wordpress.com/2008/05/09/libertad-y-creacion-por-francisco-pinzon-bedoya-desde-medellin/


Tiene reservado el cielo algo para nos... pq HECHEIYHMADU es eso

miércoles, febrero 27, 2008

ALGO SOBRE ELLOS Y SOBRE ALGUNAS DE SUS VIRTUDES

“He acumulado edades que nunca tuve
sólo por el roce con los Universos Paralelos.
La verdad es que se me hace tarde.”

De Ars Poétique de Gustavo Adolfo Becerra en Revista LETRALIA

Están cerca, los recuerdo y los siento muy dulces al lado de mis días, pues acompañan mi morral, mis escritos, mis noticias y todo lo que a mi vida se refiere. Tienen formas, colores, tamaños y sabores distintos. Algunos nos extasiamos en su olor y hundimos la nariz en sus profundidades como queriendo seguir la huella de la tinta hacia su primera aparición sobre el papel, y con mucha mayor alegría primaria sin son nuevos. Su origen es tan único como su apariencia, mas no así su destino, pues su lugar en cada tiempo en uno es un albur que lo definen caminos inciertos y especialmente aleatorios, tan disímiles como somos las personas que los posean y como tumbos de la historia y los acontecimientos que la crearon. Podría decirse que tienen vida propia y que en ellos hay rastros de la vida de quienes los disfrutaron o no. Algunas veces están intactos, por explorar; otras, por recordar, y otras veces... son muertes sin esclarecer. Los hay de razas y pedigríes tan diversos como ejemplares existen. Hay coleccionistas y personajes de cuento involucrados en su cuidado y hasta en su consumo: Borges, como muchos, es un ejemplo sobresaliente de ello. Son en sí mismos, los receptores y transmisores de la vida, de la historia y del conocimiento, aunque en este siglo su validez y utilidad estén en boca de muchos y hasta en entredicho. Paradójicamente, siendo seres estáticos y pasivos, han dado pie y han creado destinos, y hasta han cambiado reinos por ríos de sangre y tormentas de fuego, donde se consumieron centurias y hasta se crearon retrocesos. Han sido prohibidos y perseguidos, miles de ellos, por tener en sus entrañas ese algo que no puede llegar a ser conocimiento y mucho menos acervo. Han evolucionado con el hombre y son sus eternos consejeros, sin emitir una sola voz, un solo fonema. Se convierten en hitos y en signos, en regalos y en cargas, en motivos de discordia y hasta de designio, pero en sí todos están hechos del mismo material de donde todos venimos. Volver su contenido propio de una persona la hace ser un ser iluminado y lleno de estilo, de genio y hasta depositario de la confianza de los siglos, pero también puede –al contrario- quedar cargado con el peso de lo que otro quiso dejarnos, para nuestro lastre y equipaje el cual debemos asumir, soportar, digerir o saber emprender. Han escapado en su importancia al paso del tiempo y siguen con nosotros en su recorrido, y hasta continuarán después de nosotros, siendo nosotros sólo uno más de sus pasos hacia no sé qué destino. Están en las personas así algunas de ellas no sepan de su existencia o al menos, no tengan conciencia de ello. Marcado a fuego en mi memoria está algún dicho que dice que se vivió sólo si se plantó un árbol, se tuvo un hijo y si se escribió uno. Así podría seguir hablando de ellos, de todos los individuos existentes de este género, pero sería como creer que se puede hacer una adivinanza infinita de algo que es obvio y que todos sabemos.

Los libros viven en todas partes, se apertrechan en miles de lugares y sólo esperan el paso de ese lector de tiempo completo. Se aprovechan de la obsesión de algunos pocos y de la costumbre de otros. Son como seres vivos que desatan emociones y operan bajo total libertad del tiempo y el espacio. Cuentan de Augusto Monterroso que le gustaba pedirlos prestados y devolverlos a su dueño, aunque fuera años después. Guardaba muy pocos en su casa. Cuando le regalaban uno, trataba de rechazarlo del modo más gentil, y preguntaba a los amigos: “¿quién me recibe unos libros?”

Han estado en la historia desde siempre, como las huellas del hombre mismo. El emperador Shih Huang Ti mandó a construir la casi infinita Muralla China y, simultáneamente, ordenó que se quemaran todos los libros anteriores a él; la edificación de la muralla debía mantener al Imperio exento del riesgo de su destrucción y del olvido, mientras que la destrucción de todos los libros tenía como objetivo borrar de la memoria de su pueblo todo vestigio que hablara de un tiempo anterior al de su reinado, como lo narra Borges en su ensayo: "La muralla y los libros". La paradójica decisión del emperador habla posiblemente de la amenaza que habita en cualquier libro, en los archivos, en la memoria, en toda edificación que intente proteger o prevenirse contra la corrupción, habla a favor de su poder de perpetuarse. Así, los libros y su continente que puede ser biblioteca (o paraíso) o hasta arrume, que a la vez son memoria de todo, llevan en su seno la huella de un fin infinito que no deja de ser su Damocles, su misma amenaza de devastarlos, de dejarlos al azar corruptor del tiempo. Afirmaba Borges de sus amigos personales que “los libros son memoria sólo si en ellos no cesa de germinar el olvido que los convierte en historia en curso”, es decir, en una siempre inacabada, siempre por hacerse, siempre utópica. Un poco, son los actores de un despropósito, ilustran sin saber de expresión corporal o lenguaje gestual, enseñan sin aspavientos de pedagogías, dicen sin hablar, cambian desde el silencio, generan la pregunta del porqué, se inventan lo que no se ha hecho y hacen que el mundo cambie porque pueden hacer cambiar al hombre. ¡Qué propósito tan elevado éste de unos seres estáticos y pasivos!

Los libros son apreciados en mayor medida por aquellos que se han hecho en los libros. “Nadie tan interesado en el arte como los artistas. Para decirlo en esos términos prohibidos, nadie es tan buen consumidor de arte como los artistas, tan buen lector de libros como los escritores, tan buen escuchador de música como los músicos.” decía William Ospina. El placer de estar acompañados de ellos en forma activa, como poseedores del lenguaje de otros que a través de ellos algo nos han querido legar, es sin duda uno de sus atractivos. Es gratificante la experiencia de vivir los libros, y más que ello su contenido. Es de tal magnitud, que hasta se les llega a considerar como “de nuestra familia” y como interlocutores que se tratan personalmente en diálogos íntimos y transparentes. Algunos han escrito sobre su encuentro con los libros, como “encuentros con otros fenómenos de la vida o el pensamiento. Todos mis encuentros están configurados y no aislados. En este sentido, y en este sentido solamente, los libros son parte tan integrante de mi vida como los árboles, las estrellas o el estiércol.” (Henry Miller en “Los libros en mi vida”), y hasta se les atribuyen altas dosis de misterio ya que logran transmitir desde su “inanimidad” dejándonos a los lectores esa obligación de crear nuestro propia versión en lo que leemos, y es de ahí que a muchos no les guste confrontar su imagos de una novela con ésta cuando es llevada al cine, yo entre ellos tengo como ejemplo: El perfume de Patrick Sunskind o hasta El ahogado más hermoso del mundo, porque es como obligarse a cambiar la dama o el hecho o el tinglado que elaboramos en la lectura por lo que algún director consideró que era la mejor forma “gráfica” de representar dicha obra, y tal vez no queramos perder la magia o el hechizo que hizo en nosotros el libro. No quiero dejar de lado en este aparte del placer del libro y sus contenidos, aquél de la relectura, ya que además nos da la posibilidad de vivir varias veces las mismas palabras, porque “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.”, tema que de por sí da para una larga divagación constructiva. ¡Qué ventaja! ¡Qué oportunidades en las relecturas nos deparamos en esos libros especiales para cada uno!

Pero, por qué son tan importantes los libros que aún hoy, en este siglo XXI de Internet y otros, no han desaparecido. Será que Internet (que algunos imaginan como una biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de “galerías hexagonales” como lo sugiere Jorge Gómez Jiménez (Revista Letralia). Más allá de los libros y las bibliotecas tradicionales, el concepto sí está cambiando. Un ejemplo cercano, Medellín, Colombia. Se ha creado un programa institucional de ellas llamado Parques Bibliotecas, donde se generan más “espacios de entretenimiento y convivencia” que parajes para lectores de libros. Más allá de un lugar para la lectura y la consulta de libro, los parques bibliotecas "son un concepto que rompe con el modelo tradicional de centros de consulta y préstamo de libros", explica Gloria Inés Palomino, directora de la Biblioteca Pública Piloto y de la red de bibliotecas. Allí convive lo nuevo con lo tradicional. Confluye quien acude a hacer tareas y por ahí derecho a leer algunos textos que, en su curiosidad, hará sus amigos, y un punto de despegue de su marginamiento secular. Son ya cinco parques de este estilo con más de 20,000 libros, espacios y recursos para atraer cultura, escogidos para abrir mundos y para ampliar fronteras de pensamiento y la mente de las personas del común en Medellín. Ampliación que significa la contextualización del mundo, de su mundo, del mundo de todos quienes convivimos por estos lados del planeta. Los parques biblioteca, que son parte del plan de desarrollo de la administración municipal de Medellín, llegaron a la ciudad no sólo para atender la demanda de los sectores donde están ubicados sino para que otras instituciones, tanto educativas, comunitarias como religiosas, hagan uso de ellas. Por esta razón se convoca a la ciudadanía para que las visite y las muestre, "porque hacen parte de un patrimonio cultural y turístico de la ciudad", sostienen quienes alientan este plan. Queda mucho por desarrollar, especialmente lo más básico de todo: cursos de lectura y escritura.

¡Libros! ¡Bibliotecas! ¡Letras! ¡Lectores y escritores! Son ese parte de sobrevivencia que se deja ver aún sobre las humeantes chimeneas de algún holocausto apocalíptico que algunos han pronosticado con el advenimiento del flujo virtual de las letras. Creo firmemente que todo ello está más ligado al espíritu del hombre que al medio en que se distribuyan. ¡Bienvenidas todas las formas que hagan de las letras la sangre de la vida de muchos!

Vuelvo a Borges una y otra vez y recuerdo su mirada irónica sobre su ceguera que queda plasmada en el "Poema de los dones", tal vez en algunos de los más conocidos de sus versos:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

esta declaración de la maestría

de Dios, que con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños

a unos ojos sin luz que sólo pueden

leer en las bibliotecas de los sueños

los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día

les prodiga sus libros infinitos,

arduos como los arduos manuscritos

que perecieron en Alejandría.

FRANCISCO PINZÓN BEDOYA

Febrero 21 de 2008




Publicado inicialmente en:

Ediciones Letra Clara, España

http://letraclara.wordpress.com/2008/02/27/algo-sobre-ellos-y-algunas-de-sus-virtudes-por-francisco-pinzon-bedoya-desde-medellin/





Y sigue ese caminar por otras tierras, en medio de otras letras y haciendo algo pequeñito... para ser cada día un poco más grande


TA como tú

viernes, febrero 01, 2008

DOS PEQUEÑOS LIBROS, DOS SORPRESAS...


Dos pequeños libros, dos sorpresas de poesía en prosa, cada una en un escenario distinto, el uno en un extraño laberinto de pretensiones misteriosas dentro de la densa calma de la mente humana y la otra... cálida y desapacible, nostálgica quizás, en el trasiego de un viaje plagado de esperanzas y de las historias y de ese material de que están construidas las colonias de ultramar. Dos extrañas coincidencias que llegan a mis manos como luces de colores en un amanecer amplio, como mariposas que graciosa y aleatoriamente escogen donde posarse, y esa flor fueron mis manos y mis ojos que, sin saberlo quizás, se extendieron para rescatar del olvido y del naufragio a estos dos tesoros, a mi juicio, hermosos y distintos.

El primer libro llegó en una caminata dominical por el centro del poblado en que vivo, deambulo y disfruto, cuando en una esquina plena de libros viejos que un soñador poeta abre todos los días para deleite de unos pocos que, a juicio de su osadía son suficientes, tuve a bien comprar. De entre miles de libros de todos los talantes colores, edades e historias, éste casi clamaba porque fuera mío y en un compuesto de tiempo de no más de dos minutos, fue amor a primera vista. El equivalente de un dólar, y eso porque era domingo y porque todo el material viejo o de desecho de bibliotecas que nunca fueron siquiera eso, se valoriza con sólo estar allí imbuido dentro de una clasificación inclasificable, dentro de una disposición indescifrable, dentro de un olor a polvo de papel, defendiendo historias que vuelan por la escasa área donde duermen las letras de otros que se atrevieron a darles vida en un libro. Yo, testigo de excepción, en un volar por aquel mundo fijé mi vista en un pequeño de apenas unos 10 x 8 cms y tal vez ni el centímetro de grosor, libro de bolsillo, con un autor que a mí me suena a belleza: Octavio Paz. Contiene dos conjuntos de textos de hace más de cincuenta años, dos escritos capitulados en prosa que el mismo editor catalogó como poética sin pecar en lo más mínimo. Escritos hermosamente cortos, como para servir de muestra al buen escribir, al buen decir, al buen describir, al hermoso uso de las palabras y sus acentos y sus adjetivos. Rejuvenecido en su exterior pero con la huella dulce de algunos otros lectores en sus doce o trece años de vida. Hermano de otros en alguna colección que pretendió poner en manos del público cien textos “de la literatura y el pensamiento universal” como reza su presentación. De él, a continuación compartiré un fragmento, tal vez vivo aunque descontextualizado, pero con una fuerza innegable. No en vano a Paz lo seguimos estudiando y leyendo, tardíamente como en mi caso, y sé que con fruición, admiración y nostalgia en su México natal y en sus alrededores, el mundo que lo ama.

Del primer libro:
Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto, dueño de qué poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su presencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio, que declara su belleza —ligeramente horrenda— peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres. Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo. Pero ahora, ¿me escuchas?, ahora voy a arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. Quédate quieto: quiero oír tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones. ¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro, nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonríen, te roban. Son insaciables. Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. Estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente, como se responde a un camarada después de una larga ausencia. Es cierto que la palabra ausencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable presencia se parece a lo que llaman el «vacío de la ausencia». ¡El vacío de tu presencia, tu presencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido? Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué repliegue. No creo ser muy exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo al que las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta dónde puedo llegar. Reconozco que eres el más fuerte y el más hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría, te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás posesión de mí. ¿Por qué esperar tanto tiempo? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencia. ¿Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. Te haré una confidencia —ya ves, no te guardo rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio—: al cabo de tantos años de vivir.. aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás se ha detenido, que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. Probablemente soy demasiado tímido y no he tenido el valor de asirlo por el cuello y decirle: «Yo también existo», como el pequeño funcionario que en un pasillo detiene al Director General y le dice: «Buenos días, yo también...», pero, ante la admiración del otro, el pequeño funcionario enmudece, pues de pronto comprende la inutilidad de su gesto: no tiene nada que decirle a su Jefe. Así yo: no tengo nada que decirle al tiempo. Y él tampoco tiene nada que decirme. Y ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir —espera, no seas impaciente, no quieras escapar tendrás que oírme hasta el fin—, al cabo de tantos años me he dicho: ¿a quién, si no a él, puedo contarle mis cosas?
OCTAVIO PAZ – Fragmento del libro “Arenas Movedizas” [1949]

El segundo libro iba a ser volcado al cesto de la basura. Alguien que me conoce me preguntó ante mis ojos tal vez de pregunta y desaprobación: “¿Lo quieres?” y con mi respuesta afirmativa, se volvió otro habitante de mi morral. Luego, en esas soledades en la mejor compañía de mí mismo, apareció ante mi alma el llamado de ese monumental esfuerzo viajante; traer un piano desde Nueva York hasta las lejanas y agrestes tierras colombianas del interior. Esa épica figura de un piano que quería descargar su historia de salones de baile y de múltiples “fru-frú” de los vestidos festivos, encajes y perfumes de una sociedad que tuvo su música. Esa desgarradora descripción de las vicisitudes del paso de aquel “cantaó”: “...bajo el cielo injurioso, con el ruido del agua ignorante de su parentesco musical”, han sido mis delicias y espero que las de ustedes. Los editores hicieron de este texto un regalo para sus clientes con una introducción donde se lee: “... una pequeña joya del patrimonio cultural colombiano”. Este pequeño es “El Dios Errante” de Pedro Gómez Valderrama, que fue incluido como un capítulo (después de publicado) de la novela “La otra raya del tigre”, 1977. Al igual que del primero, hay un fragmento a continuación. Este tesoro mínimo bellamente decorado por pinturas colombianas de su propia colección, está presente hoy para deleite de mis sentidos y de ustedes.

Del segundo libro:

El piano sigue allí tirado como la prodigiosa sirena encallada, como el barco fantasma. La sinfonía del piano no está en sus notas muertas, sino en el viento que pasa, en el sol que va devorando la madera del empaque. en las hormigas que en ceremoniosa fila van penetrando en el interior del cajón, hasta que un día aparecen los negros borrachos acompañados de una negra ataviada de rosa con un estrafalario sombrero lila, la cual, apenas entra la barca en el agua alza sus enaguas y pone sus posaderas oscuras en la tapa del cajón del piano, y el piano va nuevamente aguas arriba, un mes tras otro, hasta completar un año más, mientras las gentes de los caseríos salen a la orilla a contemplar el cortejo fantasma y a oír los cantos borrachos de la negra, sentada con las piernas abiertas sobre el piano que alcanzó a desgranar notas sobre la noche del Segundo Imperio, el piano occidental mensajero de cultura y redención para los pueblos hambrientos y sedientos y desesperados y esclavos. Y al pasar por el último caserío, un negro ríe desde la orilla, un negro alto cuya carcajada tendida va rebotando hasta el piano y misteriosamente el sonido hace vibrar una cuerda que despide una nota, la cual basta para inmovilizar a la negra, que resbala y se pone de rodillas, y la lancha se desliza de pronto con más brío.

Cartas van y vienen, cartas del destinatario impaciente, y los correos que las portan pasan con los reclamos cerca del piano, el abuelo se mueve intranquilo y repasa el tiempo, y al fin, en uno de los caseríos que recorre el inmenso viaje sobre el río, hay una cruz sobre una de las chozas, y un hombre de túnica blanca agita las manos desde la orilla aventando bendiciones, las bendiciones saltan sobre el agua como piedrecillas lanzadas al ras de la superficie, los habitantes se congregan para ver pasar al Demonio hembra vestido de rosa y con sombrero violeta, que manotea sobre el piano escondido ululando maldiciones, y el hombre de blanco se da cuenta de pronto de que sus fieles creen más, mucho más en el demonio rosado que en los latines que murmura despechadamente lanzando cruces con su mano derecha sobre la barca hereje.

Vienen a veces las crecientes del río, y hacen devolver la barca, la túnica rosada de la sacerdotisa se ha ido cubriendo de espuma de plantas acuáticas, los remeros jadean luchando contra la fuerza del agua que los devuelve hacia Mompox, y gritan y sudan y sangran y maldicen, y la barca con su piano a cuestas se va devolviendo lentamente, y la lucha se traba de nuevo hasta que la barca se queda como suspendida, y las aguas pasan y el tiempo va corriendo y el piano continúa semisumergido en el Río Grande de la Magdalena, desde la altura de Mompox hace cien años y la negra todavía tiene su sombrero violeta sobre el cuerpo casi desnudo lleno de jirones rosados, y si canta muy fuerte o se ríe muy alto suena de pronto una nota sostenida en las entrañas del piano.

«El dios errante» Pedro Gómez Valderrama. (Siglo XXI de Colombia, Primera edición, Bogotá. 1977)

Como colofón, es este dios de la palabra quien nos inunda los dedos y la sangre, tal vez para sacar de ellos su mejor canción y a la vez, un desafío a no ser menos que quienes lo antecedieron, así no lo logremos, así sólo seamos uno más de los pasos utópicos hacia ese Dorado salvaje y hermoso que es escribir para otros. Creo que éste es un pequeño homenaje a dos de esos libros olvidados que me antecedieron, y de los cuales se beben y se decantan dulcemente como alimento... las metáforas, los símiles y otras hermosas figuras que sólo logran... las letras, con independencia del tamaño de su contenido.

Nota final: Se transcriben estos textos sin permiso ni de los autores (ni quienes poseen sus derechos) sólo ataviado con el yelmo de la admiración como justificación.

Por: Francisco Pinzón Bedoya - Envigado, Antioquia, enero 29 de 2008




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viernes, julio 27, 2007

DE LAS PALABRAS PARA UN POETA

La Editorial Letra Clara de España en su Blog, tuvo la deferencia de publicar un pequeño escrito que hice sobre lo que significan las palabras para mí como poeta. Transcribo aquí lo publicado allá.




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El poeta colombiano Francisco Pinzón ha tenido la amabilidad de responder a nuestra invitación para participar en el blog con este estupendo artículo que a continuación os ofrecemos. Desde aquí le damos las gracias, pues creemos que su punto de vista respecto de la poesía y la literatura en general ayuda a la pluralidad con la que queremos dotar a este espacio de comunicación.
ELC

"Una reflexión de Juan José Hoyos por allá en julio de 2006, publicada en la página de opinión de El Colombiano de Medellín, en su columna agradablemente semanal, decía: “Todos los días salen de nuestras bocas, a veces sin darnos cuenta. Con ellas saludamos a los amigos en la mañana y nos despedimos de los que amamos cuando cae la noche. Ellas nos permiten averiguar qué pasa en el mundo, en el barrio, llamar a alguien, hacer el trabajo de cada jornada. Con ellas aprendimos a decir te amo. Pero por culpa de ellas puede desatarse una guerra. Con ellas, también, nos enseñaron a engañar y a herir. Son como un árbol o un animal. Y también están vivas, como nosotros. // Qué montón de misterios hay detrás de las palabras. Y de qué extraño modo convivimos a diario con ellas sin pensar, por ejemplo, que ellas también nacen, crecen, dan vida a otras palabras y mueren.” Sirven para “hacer el trabajo” y en el quehacer de poeta son y siguen siendo el instrumento necesario, a pesar de su limitación y de su encasillamiento con normas y acuerdos sociales, como todos lo que nos garantizan la convivencia.
Según Roland Barthes en un aparte de su lección inaugural: “El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que hay en la lengua porque olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva: ordo quiere decir a la vez repartición y conminación. Como Jakobson lo ha demostrado, un idioma se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir. En nuestra lengua francesa (y se trata de ejemplos groseros) estoy obligado a ponerme primero como sujeto antes de enunciar la acción que no será sino mi atributo: lo que hago no es más que la consecuencia y la consecución de lo que soy; de la misma manera, estoy siempre obligado a elegir entre el masculino y el femenino, y me son prohibidos lo neutro o lo complejo; igualmente estoy obligado a marcar mi relación con el otro mediante el recurso ya sea al tú o al usted: se me niega la suspensión afectiva o social. Así, por su estructura misma, la lengua implica una fatal relación de alienación. Hablar, y con más razón discurrir, no es como se repite demasiado a menudo comunicar sino sujetar: toda la lengua es una acción rectora generalizadora.” Ello es un sentir común para quien le guste escribir, es decir, esa sensación de cuando se está frente a la hoja en blanco que luego puede convertirse en ese afán por traducir aquello que estalla o arde en el pecho tras ceñir un talle o acariciar un verso, o simplemente tras haber escuchado reírse a un bebé. Ese “traducir” el indescifrable sentimiento o esa impropia sensación en palabras para que alguien, al leerlas y hacerlas suyas, recorra el camino inverso y logre que el autor lo toque con el mismo sentir, con el mismo deslumbramiento, la misma maravilla del asombro con que se escribió; es un camino tortuoso, brusco e impenetrable, a la vez que insondable e impredecible.
Javier Darío Restrepo enfoca su lápiz en hacernos ver el efecto que las palabras tienen sobre el entorno y de la reciprocidad de éste sobre ellas, especialmente un entorno como el colombiano nuestro donde la palabra guerra es la primera en saltar a la palestra pública, cuando nos dice: “Esta reflexión de los científicos, aplicada al lenguaje de los violentos, los que hacen la guerra o los que golpean, hieren o matan en los hogares, deja en evidencia que la violencia no está en las palabras sino en los que hablan. Hechas a imagen y semejanza del mundo interior de las personas, las palabras no son las que tienen que cambiar, sino el mundo interior de quienes las utilizan. // No es que el violento deforme el lenguaje, es su manera de acercarse a lo real, preelaborado a través de las palabras. Así como las palabras tienen el poder de crear y modificar las realidades, es un hecho que la visión de las realidades altera las palabras. // Esa interacción intensa entre la realidad y las palabras es la que presiente el Popol Vuh cuando sentencia que la palabra dio origen al mundo. Es la misma sabiduría que alienta en los Upanishads cuando ordenan meditar sobre el lenguaje: si no hubiera lenguaje no podría conocerse lo bueno ni lo malo, lo verdadero ni lo falso, lo agradable y lo desagradable. El lenguaje es el que nos hace entender todo eso.” // Antigua sabiduría que nos hace entender la inmensa riqueza y el amplio avance que significó el paso desde el aullido y el alarido, hasta la palabra y el lenguaje; y el enorme retroceso que representa la degradación de la palabra cuando se convierte en el grito irracional de los guerreros o de los que odian como ellos.”
Cada realidad tiene su lenguaje de palabras y sus consecuentes significados que son tan móviles y tan dinámicos como la vida misma. La poesía entonces y todo lo que tenga que ver con las palabras son “usuarias” de esta realidad y por ningún motivo o ninguna razón son ajenas a su riesgo y milagro, a su veleidad y atractivo, a su presencia y elusividad, todo en una contradicción deliciosamente atractiva… ¿para quiénes? No para todos los usuarios pues dependerá de cómo concibamos el mundo. Si el nuestro está lleno de reglas y requerimos de certezas en cada paso… pues esta sensación de tener entre los dedos al escribir algo tan poco moldeable, con vida propia, con su humor cambiante y voluble, será “per se” un motivo de desazón. Si por el contrario, amamos su naturaleza cambiante y frívola o seria en simultánea, su naturaleza trascendente ya que entendemos que estaban aquí (las palabras) y estarán aquí aún después de que nos hayamos ido, pues entonces estaremos en un mar de agrado, de deslumbramiento, de apasionamiento, de milagro, de sorpresa, de ilusión y de dicha al mismo tiempo, de donde sólo nos resta vivirlas y adorarlas… ¡Que vivan en mí ahora y mientras yo exista, las palabras!
Me pregunto: ¿qué poeta o persona al escribir en algún momento de su vida no se ha sentido más que quien genera escritos, el instrumento de un ser casi supremo y esencial que lo usa para dejar en letras su voluntad? Esta sensación de trascendencia y hasta de utilidad habita en algunas noches mi alma de escritor de versos y con ella… sonrío y despliego mi más real forma de ser: poeta."


Francisco Pinzón Bedoya

Tengo ganas

      TENGO GANAS   ... de tiempo en que sea yo uno más en el delirio que aspiro de viento de cometa para vibrar esos colorine...