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sábado, marzo 13, 2010

Una historia en versos

“Silueta”
Y es aquello que no se ve de ella, lo que me sigue inspirando.


EL POST DE HOY

A medida que conozco más porque leo más, porque entiendo cada línea un poco más de ese decir llamado literatura, más creo que la diferencia entre géneros es sólo una clasificación en aras de poderlos estudiar.  Por ejemplo, es poco probable negar la cantidad de hermosa poesía que hay en la prosa de García Márquez (nuestro Nobel).  Y es poco probable que uno reconociera un cuento en una sola línea, pero llegó Augusto Monterroso y nos puso a creer:  Leí en estos días sobre él esto: “Monterroso es, como todo el mundo sabe, el autor del mejor cuento breve de la historia de la literatura, “El Dinosaurio”, cuyo texto completo dice: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. // No siempre se celebró “El Dinosaurio” como una proeza narrativa. Cuando Monterroso lo incluyó en su primer libro, un crítico le dijo con desdén: “¡Eso no es un cuento!” Él le contestó que tenía razón: en sentido estricto, era una novela.”, y creo que sigue teniendo razón. 

Tampoco es negable la fuerza del microrrelato del argentino Enrique Anderson Imbert.  Un ejemplo hermoso:

Cuerno y marfil

Penélope le dice a Odiseo:

-Hay dos puertas para los sueños: una, construida de cuerno; otra, de marfil. Los que vienen por la de marfil nos engañan; los que vienen por la de cuerno nos anuncian verdades.

En Homero (Odisea, XIX) esas puertas eran alegóricas: no existían sino como imágenes de ideas. Ahora sabemos que existieron de verdad. El periódico de hoy trae la noticia de que el arqueólogo Michael Ventris, en las excavaciones de Knossos, acaba de encontrar dos enormes puertas labradas, una sobre un solo cuerno y la otra sobre un solo colmillo. Interrogado por un periodista, Ventris ha dicho que su impresión, más que de asombro, es de horror, al pensar, en vista de ese cuerno, de ese colmillo, en el tamaño que debieron de haber tenido los rinocerontes y elefantes pre-homéricos.

FIN”

Y después de este preámbulo, les presento un microrrelato imbuido en un poema, uno que escribí y que ustedes dirán si lo es o no:

HELENO

"Aquella noche hacían cola los sueños,
queriendo ser soñados..."
Eduardo Galeano

La banca del parque
donde se sueñan los sueños
es una que se pelean todos
quienes ven a Heleno triste
soñando que sueña
esos sueños que no le piden permiso
Lo que ellos no saben es que...
la banca de aquel parque
es una que era de uno que murió triste
de saber que no podía soñar
aquel sueño que le podría
haber arrebatado aquel fardo
que alguien le había dejado...
lleno de toda su tristeza

Francisco Pinzón Bedoya
2009



Para terminar, y seguir estando a la altura del color de este POST, dos hermosas imágenes construidas en estas noches en que las formas y los tonos me guiaron para lograr esto:




“Ese voyeurista que llevo dentro”





“Dominas mis sueños”


Hasta pronto y gracias por dar vueltas por esta infinitésima esquina de la WEB

miércoles, febrero 25, 2009

Más de 40,000

Amig@s:

Celebro hoy con ustedes este paso por un número que jamás soñé: 40,000 se dio en visitas (ingreso de una dirección IP diferente cada vez a este BLOG), en 552 días en que llevo la estadística. Esto es algo así como un poco más de 72 personas por día en promedio... lo cual me llena de gozo y de retos.


Quiero seguir estando a la luz de ojos como los suyos que "atisban" mis versos y hasta mis despropósitos, con paciencia y con una benevolente mirada


¡GRACIAS A TODOS! ¡De todo corazón!


Celebrémoslo con POESÍA

Una frase de la Dulce María cubana es más diciente que si inventara alguna palabras para loar a la reina, a su majestad: LA POESÍA

Otras palabras sobre la poesía, como las de José Martí, coincidencialmente otro cubano, también me sirven para celebrar este hecho:

¿Quién es el ignorante?

¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gentes de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba con la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe o el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquélla les da el deseo y la fuerza de la vida.
José Martí

Ensayos sobre arte y literatura

martes, mayo 20, 2008

Cortázar Lector

Fragmento de Entrevista realizada en el verano de 1976, en Saignon, Francia. Publicada en Cuadernos Hispanoamericanos, ns. 364-366, octubre-diciembre, 1980, Madrid



“- Una vez que el libro está dentro de tu ámbito físico, ¿qué le pasa? ¿Cuándo lo lees? ¿Lo lees en casa o en el metro? ¿Lees un solo libro o varios al mismo tiempo? ¿Los terminas siempre, aunque te hayan dejado de interesar?

- Cuando un libro está en mis manos, desgraciadamente le pasan cosas malas casi siempre, porque estoy en una época de mi vida en que cada vez tengo menos tiempo. Por razones que no son literarias, que tienen que ver con todo el destino de América latina, con todas las cosas que yo trato de hacer o que me piden que trate de hacer, y que supone con frecuencia muchas horas de reuniones, de escritura, de lectura de documentos, y además largos viajes en el curso de los cuales no me puedo concentrar en la lectura. En la medida de lo posible, esos libros que quiero realmente leer, los dejo ahora en una especie de rincón privilegiado donde los veo con los ojos del deseo, y en cuanto sé que tengo un hueco, tres o cuatro horas que pueden ser bastante mías, entonces los leo, si puedo los leo en mi casa. Hubo una época en que, por razones de mayor resistencia física, podía leer en el metro, en los cafés. Puedo hacerlo ahora también, pero con una menor concentración. Prefiero estar en mi casa y leerlo
tranquilo. Además, desde muy joven adquirí una especie de deformación profesional, es decir, que yo pertenezco a esa especie siniestra que lee los libros con un lápiz al alcance de la mano, subrayando y marcando, no con intención crítica. En realidad alguien dijo, no sé quién, que cuando uno subraya un libro se subraya a sí mismo, y es cierto. Yo subrayo con frecuencia frases que me incluyen en un plano personal, pero creo también que subrayo aquellas que significan para mí un descubrimiento, una sorpresa, o a veces, incluso una revelación y, a veces, también una discordancia. Las subrayo y tengo la
costumbre de poner al final del libro los números de las páginas que me interesan, de manera que algún día, leyendo esa serie de referencias, puedo en pocos minutos echar un vistazo a las cosas que más me sorprendieron. Algunos epígrafes de mis cuentos, algunas citaciones o referencias salen de esa experiencia de haber guardado, a veces durante muchos años, un pequeño fragmento
que después encontró su lugar preciso, su correspondencia exacta en algún texto mío.”



Toma uno estos apuntes y revisa su propia forma de hacerlo, sin apego a reglas ni cortapisas, y entonces... descubre que hay lugares comunes y otros no tanto, especialmente porque hay quien considera una ofensa el subrayar un libro, y otros que prefieren tomar notas aparte.

No sé cuál es el estilo en esto, pero es bueno ver cómo lo hacía alguien con una fama extrema de devorador de libros (“voraces lectores”). Creo que leer y escribir siempre van de la mano y en algunos casos, hasta despiertan los escritos de otros, de otras épocas o circunstancias, a ese querer decir dormido que está “a punto de levantarse” y quedar en los renglones de algún cuaderno. Habrá otro decir en otro post lo que ocurre cuando lo que se lee es lo propio, de otras épocas y circunstancias, y entonces el regocijo o el pánico corren por las venas.... y hasta otros demonios o ángeles más extremos.

jueves, marzo 20, 2008

Las palabras...

Notas sobre las palabras


"Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas corno monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados."


Conferencia de Julio Cortázar, Madrid (1981)

Hay palabras que desangran

y otras que se mantienen en silencio

otras de búsqueda y soledad

y algunas –pájaros al viento-

dejan su huella

Ssq TATAyaTD

viernes, febrero 22, 2008

Concurso Antonio Villalba de cartas de amor




El pasado jueves, 14 de febrero, día de San Valentín, en el acto que se celebró en el Café María Pandora de Madrid a las 20.30, se hizo público el fallo del VI Concurso Antonio Villalba de Cartas de Amor. Resultados del concurso: enero de 2008

Carta ganadora del primer premio

Asado de ternera: Autor: Lola Sanabria García


Cartas finalistas

Querida amada mía Autor: Gabriel Barrios Fedriani
Poeta asesinado Autor: Claudia Reina Antúnez
Flores de nata Autor: Silvia Fernández Díaz
Mientras miro al río Autor: Luz Myriam Cano Montoya (Medellín, Colombia)


Quiero resaltar la carta enviada por una coterránea, a quien desde este sitio van mis felicitaciones calurosas. Si por alguna razón llega a sus ojos este mensaje, aún mejor mi humilde homenaje.




Mientras miro al río, de Luz Myriam Cano, de Medellín (Colombia).
Publicado el: Viernes, 15 febrero a las 04:30:00

Sesenta y siete días después del 25 de septiembre.
elipe, tengo miedo. Un miedo parecido al del sábado que casi te matas contra el autobús verde y rojo de Caldas o al de lunes lluvioso que el abuelo Rogelio se fue al cielo haciendo ruido de yegua pariendo.

A esta hora debería estar en clases, pero estoy en la estación Acevedo. Miro el agua sucia del río. Me pinté los ojos de un azul festivo y aún así tengo la cara desolada de la indígena que los domingos se recuesta contra un muro de la iglesia de san Antonio María Claret. Tengo miedo, Felipe. Ya no abotona la falda del uniforme, no sube el cierre. Carolina se ha burlado porque llevo saco en verano. Cuando me baño trato de no mirar los senos que a ti te encantaba lamer. Llevo a escondidas unos brasieres de mi hermana Edna, los míos ya no sirven.

Un gallinazo da picadas a la orilla del río; se parece a la abuela arrebujándose el frío en su mantón de viuda. Las cabinas del Metrocable suben despacio a tu barrio. No fui al colegio por ir a recorrer esas calles que los niños han convertido en canchas de fútbol. Reparé en todos los hombres de piel oscura. Me detuve alelada en el dorso ancho y en el motilado de soldado de un tipo que acariciaba un perro color tierra amarilla, me recordó tu mano deslizándose por mi cabello pintado; huí aterrada de sus ojos de gato con ganas de gata. Escudriñé las ventanas. Miré los números de las motos rojas, en el espejo de una de ellas me vi palidez de…

El gallinazo se ha levanto con vuelo soñoliento. No; no es la abuela. El río corre. Me aprieta la falda a cuadros, es la misma bajo la que se deslizó tu mano con encanto de culebra de circo. Hace un calor igual al de aquella tarde bajo las sábanas. La cama parecía a punto de desbaratarse ¿lo recuerdas? Tengo miedo, Felipe. Me he cansado de timbrarte. Hoy he recorrido las calles de tu barrio mirando a lado y lado con ojos de indígena patisucia apostada en un atrio de iglesia. Me topé con decenas de espaldas y motilados de soldado; me asusté de las caras que se volvieron de pronto con mirada maliciosa.

Allá, en la iglesia de tu barrio Santo Domingo Savio, me quedé pasmada sobre una de esas vírgenes que tiene la abuela sobre el escaparate. Quise poder soltar en mi casa, en el colegio y en la tienda de la beata Edelmira, una historia igual a la de María: una tarde calmada en oración, un ángel saludando, un milagro y luego… luego un José algo sonso y barbudo, pero al fin y al cabo un José solidario tomando mi mano, esta mano que tú, malparido, soltaste. El viento levanta mi falda a cuadros. El viento es una mano suave y afanosa de hombre: tu mano. El río tiene el color del café con leche, si me dejo caer en él no moriré como tomando café con leche; alguno de esos transeúntes que pasa mirando de reojo mi trasero me sacará oliendo a gallinazo, y esta noche apareceré en Teleantioquia tosiendo, con la ropa pegada al cuerpo, tapando mi cara con las manos… O quizá gritándole a todo Medellín que eres un cobarde, Felipe. En este puto río no se ahoga nadie. No se ahogaría ni la vieja con todo y su miedo al agua fría. Ella lo predijo desde la silla de tullida donde columpia ese cuerpo suyo que debe pesar lo que una talega negra con una victoria bien grande y otra pequeña. Me lo repetía cada domingo cuando el ruido de tu motocicleta la despertaba, espantada, de su intento de siesta. Yo me burlaba de ella.

El río brilla. Las cabinas del Metrocable van a Santo Domingo, vienen de Santo Domingo. Se acaba la tercera hoja cuadriculada donde debería estar haciendo ecuaciones. Y yo que pensé que el problema más grande del mundo era la profesora Cecilia sosteniendo junto al tablero un libro del Baldor o haciendo números mientras los compañeros se solazaban con su trasero de mula fabulosa -fabulosa porque sabe ponerse en dos patas y además usa zapatos rojos bien altos-. Tengo miedo, Felipe. Anoche tampoco dormí. La abuela masculla rezos dormida. Quisiera encontrar un tonto como san José ya que no puedo inventarme una historia como la de María.

Un tonto. Sí; esa sería la solución. Eusebio me echa piropos con su boca grandota. Tiene barba y bastón de san José, un granero, cuenta en Bancolombia, un Renault que atraviesa las calles de Bello con un perro fino blanco ladrando en la ventanilla y una banderita deshilachada del Atlético Nacional flotando como el ala de un pájaro raro. Pero el tísico ése no tiene tu cuerpo ni tu boca, y puedo jurar que al hacerme el amor moriría como mueren los ahogados. Ahí sigue el río. No sé nadar, los curiosos sí saben. Otro tropel de gente ha salido de la estación. Siento la boca agria. Voy a vomitar…

Mi falda a cuadros ondea. Malditas estas pierna y estas caderas que se tongoneaban con picardía de puta al verte en la revueltería de Tito. Tito dice que te resultó un trabajo mejor y por eso no has vuelto. He perdido mi cintura. Llevo puestos los brasieres de la gorda Edna. Vuelve a pasar la cabina azul del Metrocable con publicidad de Comcel. Te he marcado. De nuevo la grabación: "El número celular marcado está temporalmente fuera de servicio". El río parece un camino recién llovido. Carolina lo sospecha. La abuela querrá darme una cacheta; no podrá levantarse de su silla de tullida, así que dejará caer su cabeza tamaño victoria pequeña sobre el hombro y se dejará morir echándome a mi la culpa. Tengo miedo, Felipe. Magdalena dice que duele mucho. Hazte de cuenta que estás ensuciando una ahuyama de muchos kilos o un racimo entero de bananas -dijo después de dar a luz a Mariana y nos reímos. Ya no es gracioso-. No podré terminar el bachillerato, no haré las pruebas del ICFES, no seré profesora de literatura. Dónde estás, Felipe. El morral pesa en mi espalda tanto como le debe pesar a la indígena de vestido de terlete verde su bultico a la espalda. Los exámenes de la profe Cecilia no son lo más difícil de la vida. El profe de Química no es el más descarado del mundo. Tengo los párpados pesados. Me vi palidez de abuelo Rogelio en ataúd al mirarme en el espejo de una moto roja allá en tu barrio. ¿Tu barrio? Tantos niños enclenques correteando tras un balón, tantos hombres con el color de tu piel y con una cara que no es la tuya. Tantas colegialas rumbo a clase sin saco en verano, sin brasieres prestados, sin falda desabotonada, sin ojos trasnochados, sin miedo. Sonrientes ellas. Sonriente yo cuando cambiaba las horas de estudiar por horas para besuquearme contigo en cualquier rincón y aun frente los ojos aterrados de la abuela envidiosa porque olvidó lo que es ser besada, y su boca ya solo sirve para comer comida licuada, botar flemas, murmurar rezos. Las últimas noches me las he pasado mirando el escaparate donde una vela alumbra mil bagatelas y también a su María. A mi no me amarán como a la virgen de la abuela, tú no tienes nada de espíritu santo. Mi historia no es cosa de poetas, es de putas. El río corre. Ella o él comenzarán pesando lo que te pesaba esa bolsa de uvas que le robabas al Tito para complacerme; terminará del tamaño del talego emberrinchado que cuelga a la espalda de la indígena recostada a un muro de san Antonio Claret. El agua brilla. Así mismo brillan los ojos cafés de la abuela cuando le da su dolor de espinazo o se queja de que no le salieron buenos los nietos. Mi letra es fea. Hoy había examen de álgebra. En la primera hoja de este cuaderno hay un corazón grande con tu nombre, y también en el de sociales, tecnología, artística, química. Entre mis senos, que ahora parecen de otra mujer, está el tatuaje que nos hizo el hippie de canto alegre pero oloroso a pescado podrido… ¿lo recuerdas? La abuela en su silla de tullida lo pronosticó. El río corre, corre… Con un beso, Carla.

http://www.escueladeescritores.com/cartas-amor-2008

P.D.: ¿Por qué del homenaje? Porque también participé en este concurso con una
carta que decía más de mí que del amor... HECHIyHMADU

viernes, febrero 01, 2008

DOS PEQUEÑOS LIBROS, DOS SORPRESAS...


Dos pequeños libros, dos sorpresas de poesía en prosa, cada una en un escenario distinto, el uno en un extraño laberinto de pretensiones misteriosas dentro de la densa calma de la mente humana y la otra... cálida y desapacible, nostálgica quizás, en el trasiego de un viaje plagado de esperanzas y de las historias y de ese material de que están construidas las colonias de ultramar. Dos extrañas coincidencias que llegan a mis manos como luces de colores en un amanecer amplio, como mariposas que graciosa y aleatoriamente escogen donde posarse, y esa flor fueron mis manos y mis ojos que, sin saberlo quizás, se extendieron para rescatar del olvido y del naufragio a estos dos tesoros, a mi juicio, hermosos y distintos.

El primer libro llegó en una caminata dominical por el centro del poblado en que vivo, deambulo y disfruto, cuando en una esquina plena de libros viejos que un soñador poeta abre todos los días para deleite de unos pocos que, a juicio de su osadía son suficientes, tuve a bien comprar. De entre miles de libros de todos los talantes colores, edades e historias, éste casi clamaba porque fuera mío y en un compuesto de tiempo de no más de dos minutos, fue amor a primera vista. El equivalente de un dólar, y eso porque era domingo y porque todo el material viejo o de desecho de bibliotecas que nunca fueron siquiera eso, se valoriza con sólo estar allí imbuido dentro de una clasificación inclasificable, dentro de una disposición indescifrable, dentro de un olor a polvo de papel, defendiendo historias que vuelan por la escasa área donde duermen las letras de otros que se atrevieron a darles vida en un libro. Yo, testigo de excepción, en un volar por aquel mundo fijé mi vista en un pequeño de apenas unos 10 x 8 cms y tal vez ni el centímetro de grosor, libro de bolsillo, con un autor que a mí me suena a belleza: Octavio Paz. Contiene dos conjuntos de textos de hace más de cincuenta años, dos escritos capitulados en prosa que el mismo editor catalogó como poética sin pecar en lo más mínimo. Escritos hermosamente cortos, como para servir de muestra al buen escribir, al buen decir, al buen describir, al hermoso uso de las palabras y sus acentos y sus adjetivos. Rejuvenecido en su exterior pero con la huella dulce de algunos otros lectores en sus doce o trece años de vida. Hermano de otros en alguna colección que pretendió poner en manos del público cien textos “de la literatura y el pensamiento universal” como reza su presentación. De él, a continuación compartiré un fragmento, tal vez vivo aunque descontextualizado, pero con una fuerza innegable. No en vano a Paz lo seguimos estudiando y leyendo, tardíamente como en mi caso, y sé que con fruición, admiración y nostalgia en su México natal y en sus alrededores, el mundo que lo ama.

Del primer libro:
Te llevo como un objeto perteneciente a otra edad, encontrado un día al azar y que palpamos con manos ignorantes. ¿Fragmento de qué culto, dueño de qué poderes ya desaparecidos, portador de qué cóleras o de qué maldiciones que el tiempo ha vuelto irrisorias, cifra en pie de qué números caídos? Su presencia nos invade hasta ocupar insensiblemente el centro de nuestras preocupaciones, sin que valga la reprobación de nuestro juicio, que declara su belleza —ligeramente horrenda— peligrosa para nuestro pequeño sistema de vida, hecho de erizadas negaciones, muralla circular que defiende dos o tres certidumbres. Así tú. Te has instalado en mi pecho y como una campana neumática desalojas pensamientos, recuerdos y deseos. Invisible y callado, a veces te asomas por mis ojos para ver el mundo de afuera; entonces me siento mirado por los objetos que contemplas y me sobrecoge una infinita vergüenza y un gran desamparo. Pero ahora, ¿me escuchas?, ahora voy a arrojarte, voy a deshacerme de ti para siempre. No pretendas huir. No podrías. No te muevas, te lo ruego: podría costarte caro. Quédate quieto: quiero oír tu pulso vacío, contemplar tu rostro sin facciones. ¿Dónde estás? No te escondas. No tengas miedo. ¿Por qué te quedas callado? No, no te haré nada, era sólo una broma. ¿Comprendes? A veces me excito, tengo la sangre viva, profiero palabras por las que luego debo pedir perdón. Es mi carácter. Y la vida. Tú no la conoces. ¿Qué sabes tú de la vida, siempre encerrado, oculto? Así es fácil ser sensato. Adentro, nadie incomoda. La calle es otra cosa: te dan empellones, te sonríen, te roban. Son insaciables. Y ahora que tu silencio me prueba que me has perdonado, deja que te haga una pregunta. Estoy seguro que vas a contestarla clara y sencillamente, como se responde a un camarada después de una larga ausencia. Es cierto que la palabra ausencia no es la más apropiada, pero debo confesarte que tu intolerable presencia se parece a lo que llaman el «vacío de la ausencia». ¡El vacío de tu presencia, tu presencia vacía! Nunca te veo, ni te siento, ni te oigo. ¿Por qué te presentas sin ruido? Durante horas te quedas quieto, agazapado en no sé qué repliegue. No creo ser muy exigente. No te pido mucho: una seña, una pequeña indicación, un movimiento de ojos, una de esas atenciones que no cuestan nada al que las otorga y que llenan de gozo al que las recibe. No reclamo, ruego. Acepto mi situación y sé hasta dónde puedo llegar. Reconozco que eres el más fuerte y el más hábil: penetras por la hendidura de la tristeza o por la brecha de la alegría, te sirves del sueño y de la vigilia, del espejo y del muro, del beso y de la lágrima. Sé que te pertenezco, que estarás a mi lado el día de la muerte y que entonces tomarás posesión de mí. ¿Por qué esperar tanto tiempo? Te prevengo desde ahora: no esperes la muerte en la batalla, ni la del criminal, ni la del mártir. Habrá una pequeña agonía, acompañada de los acostumbrados terrores, delirios modestos, tardías iluminaciones sin consecuencia. ¿Me oyes? No te veo. Escondes siempre la cara. Te haré una confidencia —ya ves, no te guardo rencor y estoy seguro que un día vas a romper ese absurdo silencio—: al cabo de tantos años de vivir.. aunque siento que no he vivido nunca, que he sido vivido por el tiempo, ese tiempo desdeñoso e implacable que jamás se ha detenido, que jamás me ha hecho una seña, que siempre me ha ignorado. Probablemente soy demasiado tímido y no he tenido el valor de asirlo por el cuello y decirle: «Yo también existo», como el pequeño funcionario que en un pasillo detiene al Director General y le dice: «Buenos días, yo también...», pero, ante la admiración del otro, el pequeño funcionario enmudece, pues de pronto comprende la inutilidad de su gesto: no tiene nada que decirle a su Jefe. Así yo: no tengo nada que decirle al tiempo. Y él tampoco tiene nada que decirme. Y ahora, después de este largo rodeo, creo que estamos más cerca de lo que iba a decirte: al cabo de tantos años de vivir —espera, no seas impaciente, no quieras escapar tendrás que oírme hasta el fin—, al cabo de tantos años me he dicho: ¿a quién, si no a él, puedo contarle mis cosas?
OCTAVIO PAZ – Fragmento del libro “Arenas Movedizas” [1949]

El segundo libro iba a ser volcado al cesto de la basura. Alguien que me conoce me preguntó ante mis ojos tal vez de pregunta y desaprobación: “¿Lo quieres?” y con mi respuesta afirmativa, se volvió otro habitante de mi morral. Luego, en esas soledades en la mejor compañía de mí mismo, apareció ante mi alma el llamado de ese monumental esfuerzo viajante; traer un piano desde Nueva York hasta las lejanas y agrestes tierras colombianas del interior. Esa épica figura de un piano que quería descargar su historia de salones de baile y de múltiples “fru-frú” de los vestidos festivos, encajes y perfumes de una sociedad que tuvo su música. Esa desgarradora descripción de las vicisitudes del paso de aquel “cantaó”: “...bajo el cielo injurioso, con el ruido del agua ignorante de su parentesco musical”, han sido mis delicias y espero que las de ustedes. Los editores hicieron de este texto un regalo para sus clientes con una introducción donde se lee: “... una pequeña joya del patrimonio cultural colombiano”. Este pequeño es “El Dios Errante” de Pedro Gómez Valderrama, que fue incluido como un capítulo (después de publicado) de la novela “La otra raya del tigre”, 1977. Al igual que del primero, hay un fragmento a continuación. Este tesoro mínimo bellamente decorado por pinturas colombianas de su propia colección, está presente hoy para deleite de mis sentidos y de ustedes.

Del segundo libro:

El piano sigue allí tirado como la prodigiosa sirena encallada, como el barco fantasma. La sinfonía del piano no está en sus notas muertas, sino en el viento que pasa, en el sol que va devorando la madera del empaque. en las hormigas que en ceremoniosa fila van penetrando en el interior del cajón, hasta que un día aparecen los negros borrachos acompañados de una negra ataviada de rosa con un estrafalario sombrero lila, la cual, apenas entra la barca en el agua alza sus enaguas y pone sus posaderas oscuras en la tapa del cajón del piano, y el piano va nuevamente aguas arriba, un mes tras otro, hasta completar un año más, mientras las gentes de los caseríos salen a la orilla a contemplar el cortejo fantasma y a oír los cantos borrachos de la negra, sentada con las piernas abiertas sobre el piano que alcanzó a desgranar notas sobre la noche del Segundo Imperio, el piano occidental mensajero de cultura y redención para los pueblos hambrientos y sedientos y desesperados y esclavos. Y al pasar por el último caserío, un negro ríe desde la orilla, un negro alto cuya carcajada tendida va rebotando hasta el piano y misteriosamente el sonido hace vibrar una cuerda que despide una nota, la cual basta para inmovilizar a la negra, que resbala y se pone de rodillas, y la lancha se desliza de pronto con más brío.

Cartas van y vienen, cartas del destinatario impaciente, y los correos que las portan pasan con los reclamos cerca del piano, el abuelo se mueve intranquilo y repasa el tiempo, y al fin, en uno de los caseríos que recorre el inmenso viaje sobre el río, hay una cruz sobre una de las chozas, y un hombre de túnica blanca agita las manos desde la orilla aventando bendiciones, las bendiciones saltan sobre el agua como piedrecillas lanzadas al ras de la superficie, los habitantes se congregan para ver pasar al Demonio hembra vestido de rosa y con sombrero violeta, que manotea sobre el piano escondido ululando maldiciones, y el hombre de blanco se da cuenta de pronto de que sus fieles creen más, mucho más en el demonio rosado que en los latines que murmura despechadamente lanzando cruces con su mano derecha sobre la barca hereje.

Vienen a veces las crecientes del río, y hacen devolver la barca, la túnica rosada de la sacerdotisa se ha ido cubriendo de espuma de plantas acuáticas, los remeros jadean luchando contra la fuerza del agua que los devuelve hacia Mompox, y gritan y sudan y sangran y maldicen, y la barca con su piano a cuestas se va devolviendo lentamente, y la lucha se traba de nuevo hasta que la barca se queda como suspendida, y las aguas pasan y el tiempo va corriendo y el piano continúa semisumergido en el Río Grande de la Magdalena, desde la altura de Mompox hace cien años y la negra todavía tiene su sombrero violeta sobre el cuerpo casi desnudo lleno de jirones rosados, y si canta muy fuerte o se ríe muy alto suena de pronto una nota sostenida en las entrañas del piano.

«El dios errante» Pedro Gómez Valderrama. (Siglo XXI de Colombia, Primera edición, Bogotá. 1977)

Como colofón, es este dios de la palabra quien nos inunda los dedos y la sangre, tal vez para sacar de ellos su mejor canción y a la vez, un desafío a no ser menos que quienes lo antecedieron, así no lo logremos, así sólo seamos uno más de los pasos utópicos hacia ese Dorado salvaje y hermoso que es escribir para otros. Creo que éste es un pequeño homenaje a dos de esos libros olvidados que me antecedieron, y de los cuales se beben y se decantan dulcemente como alimento... las metáforas, los símiles y otras hermosas figuras que sólo logran... las letras, con independencia del tamaño de su contenido.

Nota final: Se transcriben estos textos sin permiso ni de los autores (ni quienes poseen sus derechos) sólo ataviado con el yelmo de la admiración como justificación.

Por: Francisco Pinzón Bedoya - Envigado, Antioquia, enero 29 de 2008




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domingo, noviembre 04, 2007

POR ALGO ME QUEDÉ SIN ALGO POR DECIR

Trato de relatar algo y apenas enmudezco me doy cuenta de que aún no he dicho nada. Algo maravillosamente luminoso y denso permanece aún en mí y obstruye la palabra. ¿Es acaso la lengua, que no entiendo, y que paulatinamente debo interpretar en mi interior? Había acontecimientos, imágenes, sonidos, cuyo sentido de entrada radica en uno mismo, que fueron no tanto tomados, sino reducidos a palabras, y que más allá de las palabras, son aún más profundos y plenos de sentido que ellas mismas.

Sueño en un hombre que olvida las lenguas de la Tierra hasta no comprender cuanto se dice en ninguna de ellas.

¿Qué hay en el lenguaje? ¿Qué esconde? ¿Qué le sustrae a uno?...”


Fragmento tomado de - El clamor de los ciegos - ELIAS CANETTI, de un foro literario que existe en http://www.sanchezdrago.com


En esta noche, cuando algo así me pasa, por casualidad o por eso avatares que uno fuerza a que ocurran, Elías Canetti viene con su explicación de lo limitado que hoy me he sentido para decir lo que no sé cómo decir... Creo que a muchos nos ha ocurrido... pero aún así no es siquiera renunciable el deseo de escribir, de decir, de hablar con el lenguaje que tenemos...



Una noche como éstas
Lleno yo de escozores y tristezas
Tengo el lenguaje como trampa...
Tengo mi corazón hecho una queja

No es siquiera renunciable...
No soy capaz / Es tan potente y tan cierto...
pero hoy... no sé
TA HECHEIYHMADU

De no quieros y síes

Imagen tomada de la Web       DE NO QUIEROS Y SÍES   No quiero ser más objeto en cada uno de tus detentes Quiero pasar por tu es...