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viernes, enero 16, 2015

En una esquina de antaño

"Te miras con tus flores..."
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EN UNA ESQUINA DE ANTAÑO

El trago se pasea por la garganta
como espantando los demonios del año
Unos que se han regodeado en esta piel
y han dejado sus esperas y reclamos
Luego el silencio roto estrepitosamente
con un sinfín de melodías que casi no oigo
pero que acuden presurosas de la memoria
Cantos de Orishas y hasta bantúes
que no sabía que estuvieran en mi acervo
Pequeñas empalizadas sobre fangosas nostalgias
se van deshaciendo / poco a poco
Afuera suena el estruendo del dominó
y alguien grita: “¡me ahorcaron!
Imagino a mi viejo a horcajadas desde su mirada
perdida sobre un charco de sangre
Devuelvo la cinta y hallo pegados a mis huesos
esos recuerdos vívidos / adobados con brisas
de muchos tiempos  / inconclusos
Otro trago continúa la búsqueda de más descanso
y corre hasta llegar a mis pies que se corrompen
Llega hasta mis belfos que se endulzan de mar
Camino lento como deshaciendo la historia
pero ella está allí donde nada hay
donde todo es lo mismo pero distinto
… solamente que yo / ni lo noto
Estoy con todos mis sentidos allí
pero los recuerdos se confunden con el hoy
Mis espantos aparecen sonriendo
con cada paso del licor que avanza
y me va tomado / todo / sin permiso
Las luces danzan conmigo y río
Me envuelvo en bocanadas del tiempo
en que me paseo descalzo y rijoso
con una cintura cercana y esbelta / por aquí
Todo tiene ahora colores de son
en palabras que no termino / porque mi lengua
pertenece a ese otro que el espejo me devuelve:
Me siento volantinero cual palmera / Cimbreante
El calor / el fundingue / el baile / el goce
… todo está en mí ahora
en que despacio me elevo y de mí
nada / nada vuelvo a saber:
Corre dentro aún / el último trago

Francisco Pinzón Bedoya ©









La historia vuelve a dar vueltas
escondida en una parranda
y en la muerte de mi viejo

viernes, febrero 03, 2012

Esos patios de mi viejo

Se avecina una fecha en que murió mi padre allá en mi Santa Marta, y se me ocurrió publicar esta poesía llena de un describir su alma, su vivir, nuestro vivir en casa, y su forma de enfrentar la vida… hasta que fue segada.





ESOS PATIOS DE MI VIEJO

Muchos años han corrido por mi pecho
desde las inhabitaciones de esa casa.
Cuánto hace que la dejamos
y aún vive dentro de mí.
Intacta... lozana, detenida,
como en los momentos en que yo la recorría.
Pero ella ya se ha desmoronado
como yo mismo en esa instancia.
Tendrá todos los años de mi mirada
que la recuerda porque en sus patios
transcurrió mi vida feliz, incomparada.
Era bajo esa frescura de su árbol inmenso,
donde repisando sus chanclas viejas,
con ojos entrecerrados quizás por lejanías,
que salían sus bocanadas de humo,
por entre dedos que a fumar nunca aprendieron.
Fue en su único baño donde se oía su canto
y en el patio del frente donde ardía
la ilusión de sacar adelante su carro.
Sentado en una banca bajita de madera
donde debajo guardiaban los perros,
disfrutaba su sitio favorito de descanso
añorando desde sus ojos que imaginaban barcos,
otras rutas de cargamentos, aventuras y batallas,
ésas que nunca tuvo y que nunca se tuvieron.
Mi viejo, con su manguera regaba otro patio,
cuidando con esmero los limones y el grosello,
el tamarindo, los guanábanos, el ají,
las plantas aromáticas y sus doce cocoteros.
Fue su casa y nuestra pero nunca nuestra fue
porque era religioso el pago del arriendo.
Y entre hierros, estallidos del tejo,
flores de verano, cultivos de patilla y de melón.
se iban los años... y hasta los miedos,
mientras los hijos desfilábamos, de a uno,
algunos al colegio... y otros como yo,
rumbo a otros horizontes de ensueño
a tratar de conquistar un mundo desconocido
que se pensaba era el futuro... de los buenos.
Noches y días de insomnio y de fuego,
de fiestas, de asados, de jolgorios sinceros,
en medio de las paredes de ladrillo... se vivieron
más todo lo que permitían los árboles del viento,
al levantar el polvo de los vecinos y del patio nuestro.
Así... entre recordaciones de buenos y malos momentos
vive mi nostalgia pegada a su sonrisa a veces de niño bueno,
que por muchos tiempos escasa, de alguna forma la conservo
como otro de los inciertos tesoros escondidos
en el fondo de lo barriles repletos de hierros viejos.
¡Ay! Padre mío... Cómo saco a relucir hoy
todos los instantes que se quedaron detenidos
en medio de los patios y el solar de aquella casa vieja
que se nos cayó encima dos, tres o cuatro veces,
llegando a medirse su caída hasta en quinquenios,
y donde con tu callada vieja -mi mama-
dejaste grabada la mayoría de los actos
con que me enseñaste muchas de tus facetas
pero también la mayor parte de tus desaciertos.
¡Viejo querido! ¡Vieja de mi alma!
Desde este frío de octubre montañero,
vagan por entre los irrepetibles patios
toda mi nostalgia de lo que feliz y triste
se vivió a la luz de todos los no dichos te quieros,
que se han grabado perfectamente aquí en mi ser
para que yo los celebre urgentes y casi reales,
                    con lágrimas y atragantamientos,
entre ese amor que se tiene a los recuerdos.




Un poco en imágenes quiero recrear el ambiente vivimos con mi viejo, pero como está ahora… con su mar Caribe y todo ese sol, sombrío y casas de ayer... pero que lo son hoy también




Saludos grandes, AMOROSOS y calurosos a mi familia: mis hermanos Marco Tulio, Martha Lucía, Luz Stella, Carlos Hernán y Luz Marina, y  mi vieja Marina, allá en Santa Marta






















Paz para Francisco Pinzón Sanabria, allá donde está

martes, julio 01, 2008

Día del Padre


En el mes de junio se celebra en Colombia el Día del Padre, fecha como de premio de consolación pues en mayo se celebra con bombos y platillos el Día de la Madre. Culturalmente, la madre tiene un valor mayúsculo en comparación con el significado del Padre, a pesar de lo cual no haré una discusión ni una defensa ni afrenta a la celebración de uno o de otro día, sólo quiero narrar –desde mi más remota intimidad- algo que me ha sucedido este 2008.

Mi hermosa hija, y ello para un padre es normal aunque siempre me suena a pleonasmo, me regaló un hermoso libro que hace ya un tiempo quería leer: “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince (16° Edición, lo cual celebro con aplausos sonoros), y en mis tiempos libres he acometido su lectura, más con el objeto de disfrutarlo que de terminarlo y “chulear” (“checar” en mexicano o más específicamente, poner una señal de leído en una lista de “pendientes”), por lo que he hecho “paradas” de varios días entre escena y escena, y lo que hoy quiero narrarles es una de ellas, no sin antes contextualizarles que Héctor (familiarmente tratado por mí sin su permiso y sin conocerme) fue el 6° hijo después de cinco hermanas, por lo cual dice en algún aparte: “Tener una madre es difícil, ni les cuento lo que era tener seis”. Por tanto, entiende uno para él quién era su padre y viceversa, en una sociedad machista como la nuestra (colombiana), además del preferido y a quien había que “salvar y proteger” (calificativos míos) de aquel matriarcado. Luego, no en balde la admiración del uno por el otro y del otro por el uno.

El texto que llenó mis emociones y que aquí transcribo está en la página 22:

Creo que tuve que aprender a escribir para comunicarme de vez en cuando, y desde muy pequeño le mandaba cartas a mi papá, que las celebraba como si fueran epístolas de Séneca u obras maestras de la literatura.

Cuando me doy cuenta de lo limitado que es mi talento para escribir... recuerdo la confianza que mi papá tenía en mí. Entonces levanto los hombros y sigo adelante. Si a él le gustaban hasta mis renglones de garabatos, qué importa si lo que escribo no acaba de satisfacerme a mí. Creo que el único motivo por el que he sido capaz de seguir escribiendo todos estos años, de entregar mis escritos a la imprenta, es porque sé que mi papá hubiera gozado más que nadie al leer todas estas páginas mías que no alcanzó a leer. Que no leerá nunca. Es una de las paradojas más tristes de mi vida: casi todo lo que he escrito lo he escrito para alguien que no puede leerme, y este mismo libro no es otra cosa que la carta a una sombra


Me llama la atención el texto y me he identificado con él por múltiples circunstancias, entre otras porque también fui el niño preferido de mi papá, y al igual que a Héctor Abad Gómez, a mi padre también lo asesinaron, sólo que a mi papá lo mataron por equivocación y al papá de Héctor por su vocación, tema que está funesto en los miles folios de las historias oscuras de este país. Cuando el mío murió yo tenía 24 años de edad y Héctor 28.

Entonces, yo también puedo decir que en muchas veces he escrito para que él me lea, pero él ya no me puede leer.

De esos escritos, comparto el siguiente poema:

¡AY! MI VIEJO

En este cumpleaños
la nostalgia me trae
tus misterios añejos
tus sucesos de fuego
Vuelco mi lágrima al beso
a tus palabras únicas
que con mis hijos yo juego
que a mis hijos yo enseño
Redimo el mito y la alegría
que con tus broncos brazos
siempre en tu furor decías
y con tu música tenías
Hoy son veintitantos años
de tu dura y violenta partida
Te tengo en mí ... muy dentro
con la saudade tibia y linda
en un palco lleno de recuerdos
Viejo mío ... donde estés
que seas feliz en tus sucesos

28/III/2001”

¡Papá! ¡Gracias por todo lo que me dejaste y hasta por todo lo que te llevaste!

¿Será ésta una más de mis formas de ir conjurando la influencia de la figura de mi padre? No lo sé...

Recordando a marzo 20 de 2020

  "Ella llena de vida mi retina" RECORDANDO   «20 marzo 2020 (Inicio de Pandemia)   Me sabe a desazón que un buen libro se...