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domingo, septiembre 10, 2023

No se vuelve al mismo lugar


  

 

NO SE VUELVE AL MISMO LUGAR

 

Voy por mi calle

la mía y la de nadie más

buscando marcas / referencias

validando añoranzas

despidiendo nostalgias escondidas

en los intersticios de una memoria

que ahora se agota

 

Me suena la canción que tarareo:

“Ya no vive nadie en ella...”

entre sólo dos ventanas que nadie tapió

sólo brotan recuerdos

y algunos sinsabores

 

No hay allí nadie igual

porque aquel igual no existe

ni existió / sólo vive dentro de nosotros

Aquellos árboles que nos daban sombra

fueron arrancados hasta el tocón

La fresca algarabía de la vida

rozando a otro en la calma

se fuga en el exabrupto del tráfico

 

No estoy sino en unas coordenadas

mi calle se fue / mi casa no existe

y por fin... mi corazón acepta

que la nostalgia debe emigrar

al rincón bueno de las vivencias

 

Francisco Pinzón Bedoya

2022

 

 

 



lunes, junio 05, 2023

¡Ay! Amor ya no me quieras tanto

 

 

¡AY! AMOR YA NO ME QUIERAS TANTO

 

Escucho los boleros que tanto le gustaban a mi padre, en esas voces melodiosas de Los Panchos y de un Lucho Gatica, o el sonoro y tórrido tono único y anónimo de Noche Los Tres, y mi añoranza ilimitada por el tiempo navega por entre parrandas que no fueron mías y por romances que soñaron mis viejos.  Evoco esas noches en que la radiola Hi-Fi de Ratefon con sus dieciséis parlantes, su sonido “orgullosamente estéreo” como él decía, retumbaba en la sala, haciendo gala de sus 3.60 metros de grande, de su brillo color madera y de su “V” que hoy me parece como si desde allí gritara una victoria sobre un algo que era tal vez la vida que mi padre invertía en sus amigos, su tejo, su whiskey y su familia.

 

De la cocina salía el olor del bocado de turno y me parece estar viendo a mi madre caracolear, cantar y bailar amando aquellas guitarras, voces y requintos, aunque creo que mexicanos nunca los tuvimos como tales sino como más propios que los nuestros.  Era el tiempo aquel en que el terlenka, la gomina y el charol bailaban desde la sala y el nylon brillaba en las ropas de los presentes, sin consideraciones de esa temperatura que hacía acuosa mi espalda y mi camisa.

 

Tal vez mis ojos escondidos para ver tras los cristales de mis gafas de carey que aún no entendían del jolgorio pasajero, pero hoy ese acetato viejo con su sonido de fondo, como de serrucho sobre el madero, me dice a mis años que estoy tan cerca de mí y mis raíces como lo está este ron que baja lenta y agradablemente por mi garganta tratando de espantar éstas mis lágrimas de indómita nostalgia.

 

Francisco Pinzón Bedoya ©

2005

 

 

 




lunes, noviembre 07, 2016

Una vez hubo...

"Estos colores aún los vivo en el patio de nuestra casa"
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UNA VEZ HUBO...

Delante de mi casa hubo fincas y aldabones y mugidos de vacas esperando su ordeño. Fuimos los primeros en “colonizar” terrenos ancestrales de labranzas de centurias antes que nosotros.  Por el suroriente había un humedal donde en tardes de lluvia se alcanzaban a ver las garcetas y los alcaravanes.  Las mañanas estaban llenas de neblina, y de rocío se cubría el pasto que hacía brillar el sol de los caminos.  Algunas cuadras abajo, donde apenas “la civilización” iba avanzando, algunas casas bifamiliares disfrutaban de ser casi todos trabajadores de la misma empresa, y era un barrio de familia aunque ya se luchaba por instalar la primera antena parabólica que contaba que existía Laura en América.  Era infaltable algún tipo de abrigo para bajar las nueve cuadras hasta donde pasaba el bus, ése que me llevaría al laburo de aquel tiempo.  Las ardillas, las torcazas, algunos loros bullosos, rondaban las copas de los árboles, especialmente los de mango y aguacate.  Cuando el guayacán amarilleaba el frontis del horizonte, mi vista se deslumbraba en oros y algunas deidades se dignaban bajar a broncearse entre tanto azul de fondo en esos días de intenso sol.  Un par de señores llenos de canas, padre e hijo después supe, me saludaban mientras yo paseaba en su coche a mi bebé por un camino empedrado, mostrándole el aire nuevo a que lo había traído a crecer.  Ellos cultivaban las más bellas orquídeas (Catleyas me decían) en el más asombroso color lila que hubiera visto.  Se daban por cientos en las canastas adosadas a los árboles a la entrada de su casa. Era sólo salir a pasear y encontrar el olor de la quebrada y del bosque. Aún el yaraguá esplendía con su mota blanca por sobre algunas parcelas y llenaba la nariz de su aroma inconfundible.  Los árboles de pomarrosa floreaban al tiempo, y en un instante había cosecha que era esperada por cientos de ardillas, pájaros y hasta alguno que otro mico que nunca se dejó ver. A pocas cuadras, los vecinos discutían el cómo y el cuándo de su acueducto veredal para las necesidades de sus fincas-casas donde habían nacido viendo crecer la ciudad que ya les “llegábamos” a sus pies.

Hoy, me lleno de suspiros y remembranzas.  Mi casa está rodeada ya de edificios de veinte pisos o más.  El ruido lo invadió todo.  Motos, buses, carros de basura, gaseosa o leche, estridencias de descerebrados en una seudotaberna de la esquina los fines de semana y los días festivos de fútbol ahogan el espacio.  El aire se calentó y el verde de los bosques va muriendo aceleradamente.  Los sacos se han cambiado por ventiladores y bermudas.  La quebrada que pasaba por el medio del bosque hoy es apenas un hilo hediondo de algas, lama y mugre.  El croar nocturno de las ranas es acaso un delirio sin sustento de los veteranos que nostalgiamos en silencio.  Algunas guacharacas desesperadas todavía navegan por las copas de algunos árboles sabiendo que serán sus últimos vuelos.  Las mañanas ya no son sino eso, recuerdos.  Algún criminal nuevo rico en su nueva mansión de mármol, exportador de sueños blancos al norte, quema toneladas de pólvora casi todos los días porque sí o porque no, y el desespero lleva al suicidio de miles de mascotas porque su oído se les reventó hace mucho rato. Nada de lo que era es más. La ramplonería invade las calles que tuvieron que ampliarse para soportar tanta contaminación.  La “ciudad” ya nos tragó.  Somos deglutidos y ya al albor de la vejez estamos condenados a ser expulsados.

Por fortuna, me digo, mis hijos ya crecieron y son aves que vuelan por el mundo con sus remembranzas de haber vivido en un edén temporal que los acogió en sus primeros años.

Francisco Pinzón Bedoya ©
23/VIII/2016







Final

      FINAL   Final que se avizora en un paso infinito desde los gestos, lo no dicho y las miradas Un lenguaje plagado de distan...