viernes, junio 02, 2006

PARA HONRAR A "UN LOCO" QUE YA NOS DEJÓ


Me adentro en la descripción de un ser que tenía como esencia de su vida la poesía. Sólo tenía para sus lectores y escuchas, su sonrisa de loco, su personalidad avasalladora, su carisma rebosante y sus ocurrencias en letras, en canciones y en palabras habladas con la desfachatez de quien nada esconde, de quien nada teme. Le bastaba llegar en medio del calor al 3º Festival de Poesía de Medellín por allá en el 93 o 94, a leer sus epígrafes y sus alusiones a los vivos y a los muertos en forma irreverente, y a hablar de grandes ciudades como Lorica, ante el asombro y la simpatía de quienes lo oían divagar entre su prosa que explicaba sus poemas y que unía, sin que el público se enterara, son sus versos apabullantes. Por algo lo llegaron a llamar "el anarquista hermoso". Levantaba murmuraciones con su gran cabeza y su cuerpo que algunos decían que colgaba de su barriga hidrópica y sus mechones de pelo desordenado.


De él dijo un crítico que fue "... uno de los más interesantes poetas de Colombia, autor de una poesía fresca y a veces brutal que pensamos sobrevivirá los años y los gustos estéticos." Era la honestidad hecha poeta en sus aciertos y sus yerros.


Permítanme recordarles a un "desconocido" de la tierra de la hamaca, del ganado, de la vida desbordante, de la flauta de millo, de la gaita de caña y cera de abeja, del sábalo y del sombrero "vueltiao" quinciano o veintiano (dependiendo del número de vueltas de tiras con que se fabrique). Nació en Cereté, Córdoba (Colombia), casi a la orilla del mar, por allá en 1945. ¿Ya saben a quién me estoy refieriendo? A Raúl Gómez Jattin.

Durante sus últimos días en Cartagena (Colombia), donde su vida y su muerte se desarrolló entre cuanta calle tiene la ciudad vieja con sus actuaciones erráticas, entre vendedores de cigarrillos, bohemios, policías de tráfico o pintores. En vida no interesó a nadie más allá de los instantes que vivió con sus contertulios ocasionales, y por ello, su obra pocos la conocían al igual que hoy, unos cuatro años después de su muerte prematura atropellado por un bus de transporte urbano.

Es probable que, como otros ya lo han hecho, esta sea la pretensión o hasta la invitación a que se lean y conozcan su obra que será monumento de esta patria linda para muchas generaciones futuras degustadores de la poesía propia y auténtica.

Gómez se suicidó públicamente y por anticipado anunció en sus actos y en su poesía que rápidamente se iría del mundo, y aún así tal como él lo quiso aquello se cumplió. Entre las críticas y comentarios que han surgido de su obra hay un sitio común en el que se menciona su locura, dando por hecho que hay una relación entre ésta y la creación poética, lo cual no comparto exactamente. Se habla mucho entre sus biógrafos, no de su lucidez sino de esos actos excéntricos que a muchos llegaba a parecerles locura, además de su afición por las drogas, de sus inequívocos manifestaciones públicas de esquizofrenia y de agresividad sin razón aparente. Su último libro, "Esplendor de la mariposa", es el más amargo. Sus poemas son los del manicomio, los del encierro: "Si quieres saber de Raúl / que habita estas prisiones / lee estos duros versos / nacidos de la desolación / Poemas amargos / Poemas simples y soñados / crecidos como crece la hierba / entre el pavimento de las calles"

De estos actos dice Carlos A. Jáuregui Didyme-Dome de la Universidad de Pittsburgh, en un crónica que publicó El Espectador por allá en julio de 1997, que "Gómez completó un proceso de autodestrucción y aniquilamiento; vivió como mendigo en las calles, o en oscuras pensiones, fue paciente habitual de sanatorios psiquiátricos y huésped temporal de la cárcel. Devino en el individuo bajo control, entre los aplausos de una sociedad que se aliviaba de tener al poeta como el loco oficial de una corte popular. De esta tragedia escribirán por estos días poetas y críticos. Se hará un panegírico de la locura olvidando que los mejores poemas de Gómez corresponden a momentos de extraordinaria lucidez y que en ellos están los rastros de su lucha contra la enfermedad y la muerte; una lid que en el ámbito personal el poeta probablemente perdió pero que en la obra sigue dando con denuedo. "

Soy un convencido, después de haber leído un poco o un mucho de su obra, porque no sé de toda su extensión, que a él sus manifestaciones de insania le eran propias pues dada su vida cuesta arriba, su felicidad sin oculteces, su inconsciencia sin pudor, su alquimia poética, se le podría perdonar todo bajo el rótulo de "impunidad para el poeta". Soy también un creyente de que en estos tiempos de catástrofes es cuando más tenemos necesidad de visionarios aunque provengan de alguna "escoria de la calle" como podrían denominar a sus últimos días. Hubo quien comparó su acción de lanzársele a un bus, como el episodio de don Quijote con los molinos, sólo que en él ese sólo pensar lejos de la realidad lo llevó a olvidarse de sí mismo, fuera de la vida consumista y hasta de los impuestos sociales sobre el deber ser y el deber hacer para cada oficio.

Escrito el Abril 28 de 2001 - ENTREGA Nº 20

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