viernes, julio 27, 2007

DE LAS PALABRAS PARA UN POETA

La Editorial Letra Clara de España en su Blog, tuvo la deferencia de publicar un pequeño escrito que hice sobre lo que significan las palabras para mí como poeta. Transcribo aquí lo publicado allá.




*************************************************



El poeta colombiano Francisco Pinzón ha tenido la amabilidad de responder a nuestra invitación para participar en el blog con este estupendo artículo que a continuación os ofrecemos. Desde aquí le damos las gracias, pues creemos que su punto de vista respecto de la poesía y la literatura en general ayuda a la pluralidad con la que queremos dotar a este espacio de comunicación.
ELC

"Una reflexión de Juan José Hoyos por allá en julio de 2006, publicada en la página de opinión de El Colombiano de Medellín, en su columna agradablemente semanal, decía: “Todos los días salen de nuestras bocas, a veces sin darnos cuenta. Con ellas saludamos a los amigos en la mañana y nos despedimos de los que amamos cuando cae la noche. Ellas nos permiten averiguar qué pasa en el mundo, en el barrio, llamar a alguien, hacer el trabajo de cada jornada. Con ellas aprendimos a decir te amo. Pero por culpa de ellas puede desatarse una guerra. Con ellas, también, nos enseñaron a engañar y a herir. Son como un árbol o un animal. Y también están vivas, como nosotros. // Qué montón de misterios hay detrás de las palabras. Y de qué extraño modo convivimos a diario con ellas sin pensar, por ejemplo, que ellas también nacen, crecen, dan vida a otras palabras y mueren.” Sirven para “hacer el trabajo” y en el quehacer de poeta son y siguen siendo el instrumento necesario, a pesar de su limitación y de su encasillamiento con normas y acuerdos sociales, como todos lo que nos garantizan la convivencia.
Según Roland Barthes en un aparte de su lección inaugural: “El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que hay en la lengua porque olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva: ordo quiere decir a la vez repartición y conminación. Como Jakobson lo ha demostrado, un idioma se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir. En nuestra lengua francesa (y se trata de ejemplos groseros) estoy obligado a ponerme primero como sujeto antes de enunciar la acción que no será sino mi atributo: lo que hago no es más que la consecuencia y la consecución de lo que soy; de la misma manera, estoy siempre obligado a elegir entre el masculino y el femenino, y me son prohibidos lo neutro o lo complejo; igualmente estoy obligado a marcar mi relación con el otro mediante el recurso ya sea al tú o al usted: se me niega la suspensión afectiva o social. Así, por su estructura misma, la lengua implica una fatal relación de alienación. Hablar, y con más razón discurrir, no es como se repite demasiado a menudo comunicar sino sujetar: toda la lengua es una acción rectora generalizadora.” Ello es un sentir común para quien le guste escribir, es decir, esa sensación de cuando se está frente a la hoja en blanco que luego puede convertirse en ese afán por traducir aquello que estalla o arde en el pecho tras ceñir un talle o acariciar un verso, o simplemente tras haber escuchado reírse a un bebé. Ese “traducir” el indescifrable sentimiento o esa impropia sensación en palabras para que alguien, al leerlas y hacerlas suyas, recorra el camino inverso y logre que el autor lo toque con el mismo sentir, con el mismo deslumbramiento, la misma maravilla del asombro con que se escribió; es un camino tortuoso, brusco e impenetrable, a la vez que insondable e impredecible.
Javier Darío Restrepo enfoca su lápiz en hacernos ver el efecto que las palabras tienen sobre el entorno y de la reciprocidad de éste sobre ellas, especialmente un entorno como el colombiano nuestro donde la palabra guerra es la primera en saltar a la palestra pública, cuando nos dice: “Esta reflexión de los científicos, aplicada al lenguaje de los violentos, los que hacen la guerra o los que golpean, hieren o matan en los hogares, deja en evidencia que la violencia no está en las palabras sino en los que hablan. Hechas a imagen y semejanza del mundo interior de las personas, las palabras no son las que tienen que cambiar, sino el mundo interior de quienes las utilizan. // No es que el violento deforme el lenguaje, es su manera de acercarse a lo real, preelaborado a través de las palabras. Así como las palabras tienen el poder de crear y modificar las realidades, es un hecho que la visión de las realidades altera las palabras. // Esa interacción intensa entre la realidad y las palabras es la que presiente el Popol Vuh cuando sentencia que la palabra dio origen al mundo. Es la misma sabiduría que alienta en los Upanishads cuando ordenan meditar sobre el lenguaje: si no hubiera lenguaje no podría conocerse lo bueno ni lo malo, lo verdadero ni lo falso, lo agradable y lo desagradable. El lenguaje es el que nos hace entender todo eso.” // Antigua sabiduría que nos hace entender la inmensa riqueza y el amplio avance que significó el paso desde el aullido y el alarido, hasta la palabra y el lenguaje; y el enorme retroceso que representa la degradación de la palabra cuando se convierte en el grito irracional de los guerreros o de los que odian como ellos.”
Cada realidad tiene su lenguaje de palabras y sus consecuentes significados que son tan móviles y tan dinámicos como la vida misma. La poesía entonces y todo lo que tenga que ver con las palabras son “usuarias” de esta realidad y por ningún motivo o ninguna razón son ajenas a su riesgo y milagro, a su veleidad y atractivo, a su presencia y elusividad, todo en una contradicción deliciosamente atractiva… ¿para quiénes? No para todos los usuarios pues dependerá de cómo concibamos el mundo. Si el nuestro está lleno de reglas y requerimos de certezas en cada paso… pues esta sensación de tener entre los dedos al escribir algo tan poco moldeable, con vida propia, con su humor cambiante y voluble, será “per se” un motivo de desazón. Si por el contrario, amamos su naturaleza cambiante y frívola o seria en simultánea, su naturaleza trascendente ya que entendemos que estaban aquí (las palabras) y estarán aquí aún después de que nos hayamos ido, pues entonces estaremos en un mar de agrado, de deslumbramiento, de apasionamiento, de milagro, de sorpresa, de ilusión y de dicha al mismo tiempo, de donde sólo nos resta vivirlas y adorarlas… ¡Que vivan en mí ahora y mientras yo exista, las palabras!
Me pregunto: ¿qué poeta o persona al escribir en algún momento de su vida no se ha sentido más que quien genera escritos, el instrumento de un ser casi supremo y esencial que lo usa para dejar en letras su voluntad? Esta sensación de trascendencia y hasta de utilidad habita en algunas noches mi alma de escritor de versos y con ella… sonrío y despliego mi más real forma de ser: poeta."


Francisco Pinzón Bedoya

1 comentario:

Anónimo dijo...

super!! me encanto,tremenda realidad las palabras dan vida a nuestra realidad y sentido a todos esos sentimientos que manan en nuestro ser!