lunes, noviembre 07, 2016

Una vez hubo...

"Estos colores aún los vivo en el patio de nuestra casa"
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UNA VEZ HUBO...

Delante de mi casa hubo fincas y aldabones y mugidos de vacas esperando su ordeño. Fuimos los primeros en “colonizar” terrenos ancestrales de labranzas de centurias antes que nosotros.  Por el suroriente había un humedal donde en tardes de lluvia se alcanzaban a ver las garcetas y los alcaravanes.  Las mañanas estaban llenas de neblina, y de rocío se cubría el pasto que hacía brillar el sol de los caminos.  Algunas cuadras abajo, donde apenas “la civilización” iba avanzando, algunas casas bifamiliares disfrutaban de ser casi todos trabajadores de la misma empresa, y era un barrio de familia aunque ya se luchaba por instalar la primera antena parabólica que contaba que existía Laura en América.  Era infaltable algún tipo de abrigo para bajar las nueve cuadras hasta donde pasaba el bus, ése que me llevaría al laburo de aquel tiempo.  Las ardillas, las torcazas, algunos loros bullosos, rondaban las copas de los árboles, especialmente los de mango y aguacate.  Cuando el guayacán amarilleaba el frontis del horizonte, mi vista se deslumbraba en oros y algunas deidades se dignaban bajar a broncearse entre tanto azul de fondo en esos días de intenso sol.  Un par de señores llenos de canas, padre e hijo después supe, me saludaban mientras yo paseaba en su coche a mi bebé por un camino empedrado, mostrándole el aire nuevo a que lo había traído a crecer.  Ellos cultivaban las más bellas orquídeas (Catleyas me decían) en el más asombroso color lila que hubiera visto.  Se daban por cientos en las canastas adosadas a los árboles a la entrada de su casa. Era sólo salir a pasear y encontrar el olor de la quebrada y del bosque. Aún el yaraguá esplendía con su mota blanca por sobre algunas parcelas y llenaba la nariz de su aroma inconfundible.  Los árboles de pomarrosa floreaban al tiempo, y en un instante había cosecha que era esperada por cientos de ardillas, pájaros y hasta alguno que otro mico que nunca se dejó ver. A pocas cuadras, los vecinos discutían el cómo y el cuándo de su acueducto veredal para las necesidades de sus fincas-casas donde habían nacido viendo crecer la ciudad que ya les “llegábamos” a sus pies.

Hoy, me lleno de suspiros y remembranzas.  Mi casa está rodeada ya de edificios de veinte pisos o más.  El ruido lo invadió todo.  Motos, buses, carros de basura, gaseosa o leche, estridencias de descerebrados en una seudotaberna de la esquina los fines de semana y los días festivos de fútbol ahogan el espacio.  El aire se calentó y el verde de los bosques va muriendo aceleradamente.  Los sacos se han cambiado por ventiladores y bermudas.  La quebrada que pasaba por el medio del bosque hoy es apenas un hilo hediondo de algas, lama y mugre.  El croar nocturno de las ranas es acaso un delirio sin sustento de los veteranos que nostalgiamos en silencio.  Algunas guacharacas desesperadas todavía navegan por las copas de algunos árboles sabiendo que serán sus últimos vuelos.  Las mañanas ya no son sino eso, recuerdos.  Algún criminal nuevo rico en su nueva mansión de mármol, exportador de sueños blancos al norte, quema toneladas de pólvora casi todos los días porque sí o porque no, y el desespero lleva al suicidio de miles de mascotas porque su oído se les reventó hace mucho rato. Nada de lo que era es más. La ramplonería invade las calles que tuvieron que ampliarse para soportar tanta contaminación.  La “ciudad” ya nos tragó.  Somos deglutidos y ya al albor de la vejez estamos condenados a ser expulsados.

Por fortuna, me digo, mis hijos ya crecieron y son aves que vuelan por el mundo con sus remembranzas de haber vivido en un edén temporal que los acogió en sus primeros años.

Francisco Pinzón Bedoya ©
23/VIII/2016







3 comentarios:

Yayone Guereta. dijo...

Sigue llenando tus pulmones de suspiros, querido, tú, tienes esa suerte de poder hacerlo.

Belleza en estado puro.

Besos, Francisco.

Maria A. Lopez dijo...

Lo que era y lo que es. Lo describes muy bien como se ha ido transformando el planeta por cada una de sus esquinas.
Lo que era campo verde, despejado y limpio, hoy son edificios unos al lado de otros que impiden ver los cielos ...
Los ríos de agua cristalina han pasado a ser cloacas malolientes por aquellas ciudades por donde pasan.

Mis abrazos de flores de otoño!!

Maria A. Lopez dijo...

Lo que era y lo que es. Lo describes muy bien como se ha ido transformando el planeta por cada una de sus esquinas.
Lo que era campo verde, despejado y limpio, hoy son edificios unos al lado de otros que impiden ver los cielos ...
Los ríos de agua cristalina han pasado a ser cloacas malolientes por aquellas ciudades por donde pasan.

Mis abrazos de flores de otoño!!